Kyojuro Rengoku

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Los últimos rayos del sol se colaban por los árboles, tiñendo el cielo de un naranja vibrante que parecía reflejarse en los cabellos de Kyojuro

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Los últimos rayos del sol se colaban por los árboles, tiñendo el cielo de un naranja vibrante que parecía reflejarse en los cabellos de Kyojuro. Él estaba sentado en el engawa —ese corredor de madera que rodeaba la casa— con la espalda recta, limpiando su katana con una dedicación ritual.

T/n lo observaba desde la cocina, apoyada en el marco de la puerta, con una pequeña sonrisa. Aún con el cabello recogido y las mangas arremangadas, se veía hermosa a los ojos de su esposo. Pero ella no lo sabía… o al menos no lo admitía del todo.

—Estás tan concentrado que podría haber traído un ejército y no te darías cuenta —bromeó T/n, saliendo finalmente con una bandeja entre las manos.

Kyojuro alzó la vista de inmediato. Su rostro se iluminó con esa sonrisa suya, cálida como el fuego pero nunca abrasiva.

—¡Ah! Pero a ti te sentiría llegar aunque estuviera dormido, amor mío.

T/n se sentó a su lado con gracia. Colocó la bandeja entre ambos: té recién hecho, un par de onigiris y algunos dulces de arroz.

—¿Otro día de misión cumplida? —preguntó mientras le servía el té.

Kyojuro asintió, guardando su espada con cuidado y girando un poco el cuerpo hacia ella.

—Sí. Difícil, pero… nada que no pueda superarse con determinación —respondió, y luego la miró con más atención—. ¿Y tú? ¿Tu día fue tranquilo?

Ella rió suavemente, negando con la cabeza mientras le ofrecía uno de los onigiris.

—Me pasé la mañana remendando tu haori. El último lo dejaste hecho trizas —dijo, fingiendo molestia—. Y el resto del día… pensando en ti. ¿Eso cuenta?

Kyojuro tomó su mano con una firmeza serena y la besó con cuidado.

—Siempre cuentas. Eres lo que me mantiene firme cuando el fuego se vuelve incierto. Cuando estoy en batalla, pienso en ti… en nuestra casa, tu voz, tu risa. Eso me recuerda que debo volver.

T/n bajó la mirada por un instante, apretando con dulzura los dedos de él.

—No tienes idea de lo difícil que es no preocuparse —murmuró—. A veces me asomo por la ventana esperando ver tu silueta desde el camino.

—Y siempre volveré por ese camino —prometió él, sin dudar.

Se hizo un pequeño silencio, cómodo, mientras ambos compartían el té y las últimas luces del día. La brisa mecía las ramas de los cerezos que crecían al borde del jardín, soltando alguna que otra flor perezosa.

—Hoy, Senjuro escribió un haiku sobre ti —comentó T/n de repente, con una sonrisa orgullosa—. Dice que tu voz suena como el crujir del fuego y que tu risa le da calor.

Kyojuro cerró los ojos por un segundo, tocado en lo más profundo de su corazón.

—Ese chico… tiene más fuego en su alma del que cree.

T/n lo miró de lado, con los ojos brillando de cariño.

—Igual que tú, Kyojuro. Sólo que el tuyo no quema… abriga.

Él no dijo nada. En cambio, se inclinó hacia ella, apoyando su frente contra la suya. Sus respiraciones se sincronizaron mientras el cielo se apagaba lentamente sobre sus cabezas.

—Gracias por esperarme siempre, T/n.

—Gracias por siempre volver.

Y ahí, entre la fragancia del té, la madera cálida del suelo y el murmullo del viento, el amor entre ambos ardía con la intensidad del fuego… pero también con su calidez.

Un fuego que no destruye. Un fuego que construye hogar.

Mamá de......Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora