En esta historia tu serás la mamá/esposa/novia/tía/abuela/niñera de el personaje que ustedes gusten.....
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El amanecer en Mema era tan helado como siempre, pero esa mañana el frío parecía no calar tan profundo. El sol apenas asomaba y ya se escuchaban a los dragones revoloteando sobre las casas, algunos lanzando llamaradas juguetonas.
Desde la pequeña cabaña al borde del acantilado, T/n removía la sopa caliente sobre la olla de barro. A su lado, el aroma a pan tostado llenaba el aire. No necesitaba girarse para saber que su hijo estaba en la puerta, cubierto de hollín, otra vez.
—¿Otra vez estuviste volando con Desdentao antes del desayuno? —preguntó con una sonrisa apenas oculta.
Hipo entró rascándose la nuca, despeinado, con su chaqueta de cuero ligeramente chamuscada.
—No era el plan, lo juro. Pero… bueno, vimos unas nubes muy cool. Y Desdentao quiso jugar con rayos. Y luego…
T/n lo interrumpió acercándole una taza humeante de caldo.
—Y luego te quedaste sin frenos otra vez —completó ella con dulzura—. Si al menos llevaras algo de desayuno contigo…
Hipo se dejó caer en el banco frente a la mesa, sonriendo apenas.
—No sé cómo haces esto. Siempre sabes lo que pasa sin que yo te diga nada.
—Soy tu mamá, cariño. Estás hecho de mí —le guiñó un ojo, sentándose a su lado—. Aunque cada vez seas más alto, más valiente, más... vikingo.
Hipo bajó la mirada, removiendo el pan en la sopa.
—¿Te molesta? Que sea distinto a papá. Que no quiera pelear. Que hable con los dragones...
T/n le tomó la mano con suavidad.
—Mi cielo... tú no eres menos vikingo por querer entender en vez de destruir. Tu padre rompe cosas. Tú las creas. Él impone respeto. Tú inspiras confianza. No hay uno mejor que el otro... solo distintos. Y Mema necesita eso. Tú.
Hipo alzó la vista. Sus ojos brillaban un poco.
—¿Crees que él lo entienda algún día?
—Tal vez no hoy. Pero lo hará. Es tozudo, pero te ama. Y cuando un padre ama… siempre termina escuchando el corazón, aunque le cueste.
Desdentao asomó la cabeza por la ventana, gruñendo suave, como si entendiera cada palabra. T/n le lanzó un trozo de pan, y el dragón lo atrapó al vuelo.
—¿Sabes? —dijo ella con voz cálida—. A veces olvido que ya no eres mi pequeño bebé. Pero luego llegas todo chamuscado y lleno de hollín, y ahí recuerdo que… sí, todavía te falta crecer un poquito más.
Hipo se rió bajito, y sin que ella lo esperara, se recostó sobre su hombro.
—Gracias, mamá.
—Siempre, mi amor.
Y mientras la brisa marina entraba por las ventanas abiertas, madre e hijo compartieron una de esas mañanas sencillas… que luego se convierten en los recuerdos más cálidos de todos.