En esta historia tu serás la mamá/esposa/novia/tía/abuela/niñera de el personaje que ustedes gusten.....
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El sol estaba cayendo sobre el valle, tiñendo todo de naranja mientras caminaba por el patio principal del recinto Uchiha. Desde lejos podía escuchar los golpes secos, el crujir de la madera y las llamaradas controladas. Madara e Izuna entrenaban desde la mañana; parecía que no se cansaban nunca.
Me crucé de brazos, observándolos un rato. Madara lanzaba shuriken con una precisión que rozaba lo absurdo, mientras Izuna trataba de imitarlo con la misma seriedad. Aunque, claro, Izuna siempre terminaba con una sonrisa orgullosa cuando alcanzaba el mismo resultado, mientras Madara apenas levantaba una ceja, como si nada lo sorprendiera.
—¿Siguen sin parar desde el desayuno? —pregunté, caminando hacia ellos.
Izuna giró de inmediato, su rostro iluminándose. —¡Kaa-san! ¡Sí! ¡Madara dice que no hay tiempo que perder si queremos estar listos para cualquier ataque del clan Senju!
Madara se limitó a mirarme por el rabillo del ojo. —No es solo por los Senju. Hay muchos que querrían aprovecharse si bajamos la guardia.
—Lo sé. Pero también necesitan descansar un poco. Al menos para comer algo decente —dije, sin darle mucha importancia a sus aires de líder. Lo había visto con mocos en la cara cuando era niño, no me iba a impresionar ahora.
Izuna soltó una risita y corrió hacia mí para tomarme del brazo. —¿Hiciste esa sopa de fideos que me gusta?
—Claro que sí. Y el estofado para tu hermano, antes de que se desmaye intentando ser el más fuerte del clan —bromeé, mirando a Madara.
Madara bufó, aunque una pequeña sonrisa se le escapó al final. —No me voy a desmayar. Izuna sí podría, si sigue gastando chakra como tonto.
—¡Oye! —protestó Izuna, empujándolo en el hombro.
—Basta, ustedes dos. Vamos a entrar. Si no, comeré todo yo sola.
Izuna abrió los ojos, alarmado, y enseguida me jaló hacia la casa. Madara caminó detrás, sin decir nada, pero cuando pasé junto a él, noté cómo su mano rozó la mía un segundo. Solo un segundo, como si quisiera asegurarse de que estaba ahí.
No era necesario decir grandes cosas para saber cuánto me querían, ni lo mucho que se preocupaban por este clan y por mí. Así eran ellos: reservados, competitivos, a veces insoportables… pero al final del día seguían siendo mis hijos, hambrientos y un poco testarudos, listos para entrar a la casa a comer como si no existieran guerras ni obligaciones. Al menos por un rato.