En esta historia tu serás la mamá/esposa/novia/tía/abuela/niñera de el personaje que ustedes gusten.....
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La puerta del departamento se abrió con un leve rechinar, dejando entrar el bullicio de Seúl y un aire fresco que agitó suavemente las cortinas. Rumi fue la primera en entrar, con el cabello despeinado y rastros de polvo demoníaco aún en su chaqueta brillante. Mira le siguió con paso firme, aunque se notaba la tensión en sus hombros, siempre erguida, siempre alerta. Zoey apareció la última, tarareando un pedazo de canción como si nada, a pesar del raspón que le cruzaba la mejilla.
—Ah, miren nada más… —suspiraste con ternura desde la cocina, recibiéndolas con una sonrisa cansada—. ¿Otra vez pelearon antes de subir al escenario?
—¡Fue apenas un demonio menor! —protestó Zoey, lanzando su chaqueta a un sillón. —“Apenas”, dice… —refunfuñó Mira, lanzándole una mirada crítica. Luego, al verte, su expresión se suavizó. Siempre pasaba: su coraza se rompía cuando estaba contigo.
Rumi se acercó despacio, sus ojos brillando con un dejo de inseguridad que solo tú sabías leer. Alzó una mano para acomodarse el cabello, un gesto nervioso heredado de tantas veces haber querido ocultar sus raíces demoníacas.
—¿No… no hueles nada raro, mamá? —preguntó en voz bajita, apenas audible.
—Solo huelo a mi niña cansada —respondiste, acariciándole la cabeza. Rumi cerró los ojos y soltó un suspiro largo, recargando la frente contra tu hombro. Por mucho que liderara conciertos multitudinarios o acabara con demonios de un solo golpe, siempre volvía a ti necesitando sentir que todo estaba bien.
—¡Tengo hambre! —interrumpió Zoey de golpe, frotándose el estómago—. ¿Qué preparaste? ¡Dime que hay algo frito!
—En la mesa hay tteokbokki y un poco de kimchi. Vayan lavándose las manos —dijiste, dándoles una mirada cómplice que hizo que hasta Mira dejara escapar una sonrisa.
Se acomodaron rápido, cada una con su plato, bromeando y picándose entre ellas mientras tú las mirabas, cruzada de brazos. Era un caos, pero era tu pequeño caos. A veces, solo las observabas y te sentías agradecida de poder darles un hogar donde reír sin miedo.
Cuando terminaron de comer, Mira se quedó sentada a tu lado en el sofá, revisando su celular con gesto serio. Tú la miraste de reojo antes de posar una mano sobre la suya.
—¿Sigues dándole vueltas a ese error de coreografía? —preguntaste. —No puedo permitirme fallar, mamá. El público… los demonios… siempre están mirando.
—Y yo también. Y para mí eres perfecta, incluso cuando te equivocas —dijiste suavemente. Ella cerró los ojos un segundo, como si tus palabras fueran un bálsamo.
Zoey, mientras tanto, te abrazó por la espalda con un ronroneo dramático, su rostro iluminado por esa sonrisa pícara que usaba para ocultar lo que sentía de verdad.
—¿Sabes? Si no fueras nuestra mamá adoptiva, te robaría para mí sola —bromeó. —A tu edad deberías buscar un novio, no robar mamás —le soltaste con diversión, revolviéndole el cabello. —¡Qué aburrido!
Por su parte, Rumi estaba recostada con la cabeza sobre tus piernas. Sus ojos estaban entrecerrados, casi dormida, sujetando con fuerza tu mano, como si temiera que la soltaras y desaparecieras.
—¿Qué haríamos sin ti…? —susurró. Su voz sonaba tan vulnerable que hasta Zoey dejó de bromear.
—No hace falta que piensen en eso. Estoy aquí para ustedes —les dijiste, acariciando el cabello blanco de Rumi. Luego alzaste la vista para encontrarte con las miradas de Mira y Zoey—. Siempre voy a estar.
Y allí se quedaron, juntas, dejando que el cansancio de las batallas, los escenarios brillantes y las expectativas del mundo entero se disiparan en el calor sencillo del hogar. Afuera, Seúl seguía latiendo con luces y ruido, ignorando que las grandes cazadoras de demonios, las estrellas del K-pop, estaban en ese instante siendo solo tres chicas abrazadas a la mujer que las hacía sentirse, por fin, a salvo.