El Chavo Del 8

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[Mañana en la vecindad]

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[Mañana en la vecindad]

—¡¿Ahora qué hice, Doña Florindaaa?! —gritó Don Ramón con un grito ya ensayado, mientras se acomodaba el gorro tras recibir un buen guamazo.

—¡Lo de siempre! ¡Ser un bueno para nada! —respondió ella, marchándose con los rulos temblando de coraje.

El Chavo, escondido dentro de su barril, apenas asomó los ojitos.

—¿Ya se fue?

—Sí, ya puedes salir… ¡ay este barrio no cambia! —gruñó Don Ramón, sobándose la cabeza.

Pero justo cuando parecía otro día igualito a los anteriores… llegó una mujer cargando dos cajas y con una sonrisa más dulce que el tamarindo.

—¿Qué no hay caballeros aquí que ayuden con una caja? —dijo t/n con voz fuerte pero cálida.

—¿Hermana? —preguntó Don Ramón, sorprendido—. ¡¿Tú aquí?!

—Sí, hermanito. Me cansé de vivir lejos. Me vine a poner una tiendita aquí en la esquina, ya sabes… entre la fonda y la panadería. ¿Y qué vecindad más linda que la tuya?

El Chavo se le quedó viendo con curiosidad.

—¿Usted es la hermana del señor Ramón? ¿También le va a pegar?

T/n soltó una carcajada y se agachó frente al niño.

—¿Pegarle? ¡Claro que no! Aunque si me debe algo… capaz le cobro con un chanclazo.

—¡Ay no, otra! —gritó Don Ramón, alejándose.

T/n miró al Chavo de arriba abajo. Ropa gastada, carita sucia, pero unos ojitos que brillaban de ilusión.

—¿Y tú quién eres, corazoncito?

—Yo… yo vivo en este barril. Y a veces me dan una torta de jamón… cuando hay.

—¿Y tienes mamá?

—No…

T/n sintió el corazón apachurrarse. Le acarició la cabeza con ternura.

—Bueno, entonces desde hoy yo seré como tu tía, ¿qué te parece?

El Chavo abrió la boca sorprendido.

—¿De veritas?

—¡De veritas de veritas! Y cuando vengas a mi tiendita, te voy a dar lo que quieras… si me ayudas a barrer.

—¡Sí! ¡Yo sé barrer! ¡Y sé limpiar! ¡Y también sé no romper cosas! Bueno… a veces…

T/n soltó una carcajada.

—Entonces trato hecho, mi niño.

[Un poco más tarde]

Todos los niños de la vecindad estaban formados afuera de la nueva tiendita de t/n. Ñoño ya había comprado una paleta, Popis un espejo de colores, y Quico preguntaba si había barcos de guerra.

—No tengo barcos de guerra, mi amor —decía t/n entre risas— pero tengo burbujas de colores. Y gomitas. Y muchas sonrisas.

—¡Yo quiero una sonrisa de gomita! —gritó El Chavo.

—¡Yo quiero un abrazo! —añadió Chilindrina, abrazando a su “nueva tía”.

Don Ramón, desde su ventana, los miraba con una mezcla de ternura y resignación.

—Ya se me llenó de chamacos la tiendita... pero al menos los tiene contentos.

T/n le guiñó un ojo desde el mostrador.

—Eso se llama amor, hermanito. Y de eso aquí… hay mucho.

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