Nam-ra (Estamos Muertos)

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La sangre aún estaba fresca en las paredes

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La sangre aún estaba fresca en las paredes.

Nam-ra y sus compañeros se movían en silencio por los pasillos del instituto, con los cuerpos tensos, las mochilas medio rotas y las manos temblorosas. Cada paso era un riesgo. Cada rincón, una amenaza.

Cuando giraron hacia el ala de profesores, se encontraron con una puerta entreabierta. Parecía segura. Cheong-san la empujó con cuidado, y al asomarse... algo los sorprendió.

—¿Esa es… la profesora T/n? —murmuró On-jo, sin creer lo que veía.

Nam-ra se quedó congelada.

Allí, sentada detrás del escritorio del aula vacía, estaba ella: T/n, su madre, pero no como los demás la conocían. Llevaba su traje ligeramente ensangrentado, el saco de política manchado de polvo y sangre seca. A un costado, un arma corta descansaba sobre libros y papeles, junto a un montón de cargadores. Su rostro tenía ojeras, pero sus ojos… esos ojos encontraron los de Nam-ra de inmediato.

—¿Nam-ra...? —susurró T/n, de pie en un segundo.

Nam-ra no dijo nada. Corrió.

Y sin mediar palabra, madre e hija se fundieron en un abrazo apretado, uno que pareció detener todo el horror afuera.

—Estás viva… —murmuró T/n contra su cabello, conteniendo las lágrimas—. Pensé que ya…

—Yo también pensé que no te volvería a ver, mamá.

Los demás se quedaron en la puerta, algo incómodos al interrumpir. T/n se giró hacia ellos, aún abrazando a su hija.

—¿Ustedes son sus compañeros?

—Sí, señora —respondió Su-hyeok—. Hemos estado con ella desde el primer día.

T/n asintió con respeto. Sus ojos se detuvieron un segundo en Cheong-san y On-jo, como si estuviera haciendo un conteo mental de quién quedaba.

—Están a salvo aquí, por ahora. Este salón está asegurado. Lo reforcé desde dentro.

—¿Cómo llegó hasta acá? —preguntó On-jo.

—Entré por el ala norte. Tenía información de los escáneres del gobierno… pero no me importaba nada más que llegar a Nam-ra —contestó T/n sin rodeos—. Vine sola. Con lo que tenía.

Nam-ra bajó la vista hacia el arma.

—¿Dónde conseguiste eso?

—Trabajo en política, hija. No soy policía, pero no soy ingenua. Esta arma estaba en mi oficina desde antes. La traje… por si me encontraba con esto.

Cheong-san levantó las cejas al ver que junto a la mochila de T/n había por lo menos veinte cartuchos, todos perfectamente ordenados.

—¿Y ese… silenciador?

T/n sonrió apenas.

—Uno aprende cosas cuando trabaja cerca del Ministerio de Defensa.

Nam-ra se separó un poco, seria.

—Mamá, los militares están organizando evacuaciones. Si salimos ahora, podríamos llegar a la salida del ala este.

T/n negó suavemente con la cabeza.

—Yo ya fui y volví. Está bloqueada. Y no pienso irme sin ti… ni sin ellos.

—¿Vas a quedarte?

—Por supuesto —respondió firme, pero suave—. Ustedes tienen comida, espacio y silencio aquí. Voy a protegerlos hasta que encontremos una mejor salida. Y si no hay… me quedo contigo.

Nam-ra tragó saliva. Su madre, una mujer reconocida, una figura pública, estaba allí, en ese salón, por ella. Y por sus compañeros.

—Pero mamá… si te quedas aquí, podrías morir.

T/n tomó su rostro con las manos, acariciando sus mejillas como hacía cuando era pequeña.

—Escúchame, Nam-ra. Eres mi hija. No te dejaría sola aunque el mundo se cayera. Y si decides quedarte por tus amigos, yo también me quedo. Hasta el último minuto. Hasta el último cartucho.

Nam-ra no pudo evitar que se le humedecieran los ojos. No había grandes gestos, ni frases de película. Solo una madre cansada, firme, y absolutamente dispuesta a dar la vida por ellos.

Cheong-san tosió suavemente, incómodo por la emoción que llenaba el aula.

—Yo… puedo quedarme de guardia mientras ustedes descansan. Lo digo por… si quiere dormir, profesora.

T/n asintió, agradecida.

—Gracias, pero estoy bien. No he dormido en dos días, ya ni lo siento. Además… si los zombis se acercan, no se van a esperar a que yo despierte.

Nam-ra la miró fijamente. Era una imagen que nunca olvidaría: su madre, armada, agotada, pero más fuerte que nunca. No era solo su madre. Era su escudo.

—Gracias por venir, mamá —susurró—. De verdad.

T/n no respondió. Solo la volvió a abrazar, en silencio, como si con eso pudiera protegerla del mundo entero.

Mamá de......Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora