En esta historia tu serás la mamá/esposa/novia/tía/abuela/niñera de el personaje que ustedes gusten.....
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El salón estaba oscuro, solo iluminado por la tenue luz que se colaba por los huecos de las cortinas sucias. Había un silencio denso, solo interrumpido por el crujido de algún mueble al moverse, el estómago de alguien rugiendo de hambre o los sollozos contenidos de un compañero que no podía más.
Todos estaban cansados. Algunos dormían sentados, otros simplemente se quedaban mirando al vacío, con la mirada ida, como si al cerrar los ojos fueran a recordar el momento exacto en que el mundo se quebró.
T/n estaba sentada junto a Su-hyeok en una esquina del salón, con la espalda contra la pared y las piernas encogidas. Él tenía un brazo rodeándote por los hombros, protegiéndote sin siquiera hablar. Su cercanía no era empalagosa. Era necesaria. Vital.
Habían estado ahí encerrados por horas. Tal vez días. Nadie estaba seguro.
—Tus manos están frías —susurró él, apenas audible.
T/n miró sus propias manos, sucias, con pequeños raspones. Luego lo miró a él.
—¿Y las tuyas? —preguntaste de vuelta.
Él sonrió con la comisura de los labios. No era una sonrisa feliz. Era apenas una señal de que aún sentía algo.
—Probablemente igual. Pero no me importa si puedo sostener las tuyas.
T/n apoyó la cabeza en su hombro, en silencio. Afuera se escuchaban pasos arrastrados. Uñas golpeando la puerta del pasillo. El sonido más pequeño bastaba para poner a todos en alerta.
Nam-ra, cerca de ustedes, abrió los ojos, aunque no dijo nada. Yoon Gwi-nam se paseaba nervioso de un lado a otro. El ambiente era tenso.
—¿Sabes qué me gustaría hacer si todo esto termina? —preguntaste de repente, con la voz bajita, casi como un pensamiento en voz alta.
Su-hyeok giró un poco el rostro hacia ti.
—¿Qué?
—Tener una cita. Normal. En el parque. Comer papas fritas grasosas. Caminar de la mano. Pelear por quién paga el helado. Ya sabes… cosas tontas.
Su-hyeok soltó una pequeña risa. Verdadera. Pero bajita, para no atraer zombis.
—Yo iba a invitarte justo después de los exámenes. Ya tenía el plan —confesó, apenado.
—¿En serio?
Asintió.
—Pero tú salías con ese tipo de 3° año… el que tocaba la guitarra y usaba bufanda hasta en verano.
—Por favor. Duramos dos semanas. Le importaba más su guitarra que yo.
—Qué idiota —dijo Su-hyeok.
—Un poco como tú, que esperaste una pandemia zombi para decirme que te gustaba.
Ambos se miraron. Sonrieron.
—Supongo que tengo que mejorar mi timing —bromeó él.
—Ya es tarde. Ahora te toca protegerme. Y pagar el helado —añadiste, apoyándote más en él.
Se quedaron así por unos segundos. Una burbuja silenciosa entre el caos. Hasta que los pasos fuera del salón se detuvieron. Algo golpeó la puerta. Todos contuvieron la respiración.
Su-hyeok te apretó contra él instintivamente. Tú cerraste los ojos. Los demás estudiantes se movieron en silencio, tomando cualquier cosa que pudiera servir como arma.
Pero no entró nadie. Solo se escuchó un gruñido distante, y luego... silencio.
Cuando volvieron a respirar, tú tomaste la mano de Su-hyeok con más fuerza.
—Si no salimos de aquí —dijiste, sin mirarlo—, solo quiero que sepas que… nunca me sentí sola cuando estuve contigo.
Su-hyeok tragó saliva.
—No digas eso. Vamos a salir.
—Lo sé… pero, por si acaso.
Te miró con ojos brillantes. Luego se acercó, despacio, y rozó tu frente con los labios. Un gesto simple, tierno, y lleno de promesas no dichas.
—Cuando salgamos, te compro ese helado. De dos sabores. Con chispas —susurró.
—Y sin zombis de fondo.
Ambos rieron. En voz baja. Como dos adolescentes normales, en un mundo que ya no lo era.