Las llamas azules seguían retorciéndose en el aire como serpientes hambrientas, lamiendo el pavimento y dejando cráteres ardientes a su paso. Dabi —o Toya, como solo tú todavía lo llamabas— estaba de pie frente a ustedes, con la respiración agitada y los ojos desorbitados, brillando con esa mezcla peligrosa de locura y un dolor demasiado grande para su pecho.
Tenía a Shoto sujeto con fuerza, el fuego chisporroteando entre sus manos como si quisiera devorarlo. Shoto jadeaba, con su hielo resistiendo apenas el embate de aquel calor imposible, mientras miraba a su hermano con una mezcla de miedo, tristeza y una compasión que no sabía cómo procesar.
—¡¿Por qué?! —rugió Toya de pronto, con un grito que rompió el aire. Sus ojos se clavaron en ti, llenos de resentimiento—. ¿Por qué siempre él? ¡¿Por qué Shoto tenía que ser el favorito?! ¡El niño perfecto, el elegido para cumplir el sueño de papá! ¡Mientras yo… yo me quedaba ardiendo solo!
El corazón se te rompió en mil pedazos. Diste un paso adelante, sin importarte que el calor te quemara la piel, ni que los héroes gritaran tu nombre intentando detenerte. Lo único que te importaba era Toya. Tu Toya. Incluso con su piel rota, incluso con esa locura brillándole en la mirada.
—¡No digas eso! —exclamaste con la voz rota, las lágrimas cayendo sin pudor—. ¡Nunca fue así, Toya!
Él soltó una risa estrangulada, sin soltar a Shoto, las llamas titilando de forma errática como si respondieran a su dolor.
—¡Claro que sí! ¡Todos lo sabíamos! ¡Papá lo decía a gritos! Shoto era el proyecto perfecto… ¡mientras yo era el error!
—No para mí —dijiste, tan firme y cargada de amor que tu voz pareció atravesarlo. Diste otro paso, hasta casi tocar sus manos envueltas en fuego. Te miró con un estremecimiento, como si le doliera solo verte tan cerca.
—Toya… —continuaste con suavidad, tus palabras saliendo entre sollozos—. Desde el momento en que te tuve en mis brazos, antes que a cualquiera, fuiste mi niño. Mi pequeño milagro. Cada vez que corrías conmigo, cada vez que me pedías un abrazo, yo sentía que el mundo entero se iluminaba. Tú fuiste mi primer hijo, Toya. Fuiste el primero que me enseñó lo que era el amor verdadero.
El fuego vaciló. Toya tragó saliva con dificultad, sus ojos se llenaron de lágrimas ardientes que bajaron por las costuras de su rostro.
—¿Entonces… por qué…? —susurró con voz quebrada—. ¿Por qué dolía tanto verme menos que él?
—Porque papá cometió errores terribles —contestaste, sin apartar la mirada de los suyos—. Porque él cargó a Shoto con un peso que tampoco merecía. Pero para mí… para mí no hubo favoritos. ¡No podía haberlo! Yo los amo a los dos. A ti, con tus cabellos rojos brillando como el fuego más hermoso, con tu sonrisa traviesa que me buscaba en cada rincón… y a Shoto, con su ternura callada, con sus ojitos que parecían preguntarme siempre si estaba orgullosa.
Tus lágrimas se mezclaron con el vapor que surgía del suelo. Extendiste una mano y, con un valor que solo una madre podría tener, la apoyaste suavemente en la mejilla herida de Toya. La piel estaba caliente, áspera, pero debajo de esas cicatrices todavía estaba tu hijo.
—No fue Shoto quien te quitó nada, mi amor. Fue el dolor de este hogar roto lo que nos destruyó a todos. Y aún así… te amo. ¡Te amo más de lo que sé decir! Tú no eras un error. ¡Jamás!
Toya tembló entero. Sus labios se abrieron en un sollozo mudo. El fuego azul se disipó poco a poco, hasta no ser más que una brasa triste en sus manos. Entonces, por primera vez en años, soltó a Shoto. Su hermano menor cayó de rodillas, respirando agitadamente, mientras tú soltabas un suspiro ahogado y te inclinabas para abrazarlo, protegiéndolo con tu cuerpo.
Toya los miró, con los ojos abiertos de par en par, como si estuviera viendo algo que no comprendía. Su respiración se volvió errática, rota.
—¿Todavía… me amas? —preguntó, su voz tan chiquita que parecía la de aquel niño que un día lloró solo en su habitación.
—Siempre —dijiste, mirándolo con todo el amor y el dolor que podías cargar—. Aunque el mundo entero te odie, aunque hayas hecho cosas terribles, para mí siempre serás Toya. Mi hijo. Y siempre tendrás un lugar en mis brazos.
Eso fue lo que finalmente lo quebró. Toya cayó hacia ti, sollozando como un niño pequeño, escondiendo el rostro en tus hombros. Tú soltaste a Shoto solo para envolver a Toya en un abrazo desesperado, sintiendo cómo se aferraba a tu ropa con manos temblorosas.
—Shoto… ven —susurraste, extendiendo un brazo hacia tu hijo menor.
Shoto dudó apenas un instante, todavía con el pecho subiendo y bajando por el esfuerzo de sobrevivir. Luego, con un sollozo contenido, se acercó, rodeándolos a ambos. Y así, entre las ruinas de la ciudad y el olor amargo de la ceniza, abrazaste a tus dos hijos, temblando, llorando, pero juntos.
Fue entonces que los héroes aprovecharon para acercarse. Pusieron esposas neutralizadoras en las muñecas de Toya, que apenas protestó. Mantuvo su frente apoyada en tu hombro, respirando con dificultad, pero sin volver a encender sus llamas.
—¿Puedo… quedarme así un poco más? —murmuró él, casi sin voz.
—Todo lo que necesites, mi amor —susurraste, besándole la cabeza, mientras Shoto cerraba los ojos, apoyado también en ti.
Y aunque sabías que después vendría el peso de la ley, las celdas frías y los juicios implacables, en ese momento, entre tus brazos, Toya y Shoto volvieron a ser solo tus hijos. Y para ti, eso era lo único que importaba.
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Mamá de......
FanfictionEn esta historia tu serás la mamá/esposa/novia/tía/abuela/niñera de el personaje que ustedes gusten..... •◌•◌•◌•◌•◌•◌•◌•★•◌•◌•◌•◌•◌•◌•◌• •◌•◌•◌•◌•◌•◌•◌•★•◌•◌•◌•◌•◌•◌•◌• •◌•◌•◌•◌•◌•◌•◌•★•◌•◌•◌•◌•◌•◌•◌• •◌•◌•◌•◌•◌•◌•◌•★•◌•◌•◌•◌•◌•◌•◌• •◌•◌•◌•◌•◌•◌•◌•...
