Joo Jaekyung

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Pedido anónimo

🥀 “Demasiada mujer para un hombre como él”

La ciudad brillaba desde lo alto como un cúmulo de estrellas caídas. Jaekyung manejaba en silencio, con las luces de neón reflejándose en el parabrisas. El motor ronroneaba con la misma tensión que él llevaba en los hombros. No era una pelea lo que lo tenía así. Era algo más raro. Algo que ni los golpes ni el sexo podían calmar.

Iba al penthouse. Al que él mismo había comprado para ella después del divorcio.

Su madre.

T/n.

La única mujer a la que le debía algo más que respeto. Le debía la vida, la entereza… y quizás, lo poco de humanidad que aún le quedaba.

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Mientras esperaba el semáforo en rojo, su mente lo traicionó con recuerdos que llevaba años guardando. Como el eco de una infancia vivida en tensión constante.

Gritos.

Puertas azotándose.

Y ella… tan suave, tan correcta, con las manos temblorosas mientras escondía sus moretones con maquillaje barato y sonrisas falsas.

Él recordaba cómo su madre se encerraba en el baño a llorar con la ducha encendida para que no se escuchara. Cómo le ponía hielo en los nudillos después de entrenar y le preparaba arroz caliente aunque tuviera las muñecas marcadas.

Y aún así, su padre la trataba como si fuera poca cosa. Como si esa mujer hecha de pétalos pudiera soportar la furia de un hombre que jamás supo amar.

“Demasiada mujer para él,” pensó Jaekyung, con la mandíbula tensa.

Y por eso la sacó de ahí. Por eso, con el primer dinero grande que ganó, mandó a hacer ese penthouse con ventanales gigantes, plantas vivas, silencio limpio, y una puerta que nadie pudiera azotar.

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Cuando llegó, no tocó el timbre. Tenía llave. Siempre la tuvo. Ella nunca se la pidió de vuelta.

Entró. El olor a jazmín y café recién hecho aún flotaba en el aire. El televisor estaba encendido con el volumen bajo y la terraza abierta, dejando entrar la brisa nocturna.

—Jaekyung… —dijo una voz suave.

Estaba descalza, con una bata blanca de satén, su largo cabello suelto como en esos viejos recuerdos que a él se le clavaban en el pecho.

—Solo quería verte —dijo él sin rodeos.

Ella no preguntó nada. No necesitaba. Caminó hacia él, y sin pedir permiso, le acarició la mejilla. Como si fuera un niño otra vez.

—¿Te lastimaron?

Él negó.

—¿Tú?

—No. Aquí todo está en paz, gracias a ti.

Él se dejó caer en el sillón, y por unos minutos, no fue el campeón Jaekyung. No fue el hombre dominante que todos temían. Solo fue su hijo.

Ella se sentó junto a él, cruzando las piernas con ese aire elegante y fuerte que siempre tuvo, incluso cuando vivía encerrada en una jaula.

—¿Te acuerdas cuando te metiste en medio para defenderme? Tenías solo doce años —dijo ella, mirando la ciudad a lo lejos—. Yo no quería que lo hicieras, pero… nunca me había sentido tan protegida.

—Yo tenía más miedo de lo que te hacía a ti, que de lo que pudiera hacerme a mí.

Ella lo miró con ternura. Con orgullo. Y con ese amor que no exigía nada a cambio.

—Gracias por este lugar, Jaekyung. Es el primer techo que me ha hecho sentir libre.

Él asintió, sin poder decir nada. Apoyó la cabeza en el respaldo del sillón y cerró los ojos. Ella estiró una mano y acarició su cabello como hacía cuando era pequeño.

—¿Te quedarás esta noche?

—Sí.

Porque a veces el hombre más temido… también necesita volver a donde lo aman sin condiciones.

Mamá de......Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora