Senjuro Rengoku

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La mañana apenas susurraba su llegada, escondida aún tras la bruma suave del bosque

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La mañana apenas susurraba su llegada, escondida aún tras la bruma suave del bosque. En el dojo familiar, el sonido seco del bōken rompiendo el aire era constante. Golpe tras golpe, Senjuro repetía la misma técnica, una y otra vez. Había empeño en sus movimientos, sí, pero también cierta torpeza. Sus hombros temblaban apenas. Su mandíbula, apretada.

Desde el umbral, T/n lo observaba en silencio.

Se había despertado mucho antes del amanecer al notar que el futón de su hijo estaba vacío. No era la primera vez. Desde que Kyojuro se había marchado a una misión larga, Senjuro entrenaba más duro que nunca. Pero también, con más dudas.

Cuando el sol comenzó a romper el cielo con tenues tonos naranjas, T/n decidió intervenir.

—Senjuro —llamó suavemente, con la voz aún templada por el sueño.

Él se detuvo en seco. Se giró con la respiración entrecortada, el bōken bajando de a poco. A pesar del sudor en su frente, sonrió tímido.

—Lo siento, mamá. ¿Te desperté?

T/n negó con dulzura, entrando descalza al dojo con pasos ligeros. Llevaba su yukata sencillo y el cabello suelto, pero sus ojos, como siempre, estaban atentos a cada emoción que su hijo intentaba esconder.

—No fue el ruido —dijo, acercándose—. Fue tu corazón.

Senjuro bajó la mirada, avergonzado.

—No quiero ser una carga para papá… ni para Kyojuro-nii-san —susurró.

T/n se detuvo frente a él y con ambas manos le sostuvo el rostro. El contraste entre sus dedos tibios y las mejillas frías por el entrenamiento lo hizo estremecerse.

—Escúchame, Senjuro —dijo en voz baja, clara—. Tú no tienes que ser como nadie más.

Senjuro la miró, inseguro.

—Pero… Kyojuro es fuerte. El pilar de la llama. Papá… aunque ya no lo diga, esperaba que yo también lo fuera. Que heredara todo eso.

—Tu fuego no es como el de tu hermano —explicó T/n, acariciando ahora su cabello húmedo—. No es un fuego que quema o destruye. El tuyo da calor. Ilumina suavemente. Sana.

Senjuro cerró los ojos. Aquellas palabras no eran para consolarlo, lo sabía. Eran verdad. Su madre jamás mentía para aliviar.

—Yo te he visto —continuó ella—. Cómo preparas té para los invitados. Cómo recoges los haoris de Kyojuro sin que nadie lo note. Cómo escuchas a los demás con paciencia. ¿Sabes lo difícil que es eso?

Él negó, con lágrimas en los ojos, pero una pequeña sonrisa asomando.

—La fuerza no siempre está en la espada —concluyó T/n—. A veces, está en el corazón que se niega a volverse duro.

Senjuro se aferró a ella, escondiendo el rostro en su pecho.

T/n lo sostuvo, como si fuera aún aquel niño que pedía un abrazo después de un mal sueño.

—Siempre vas a ser suficiente, Senjuro —le susurró al oído—. No por lo que logres… sino por lo que eres.

Pasaron unos minutos abrazados, hasta que los primeros rayos del sol por fin cruzaron el papel de los paneles shōji.

—¿Desayunamos juntos? —preguntó ella, acariciando su mejilla con el pulgar.

Senjuro asintió, limpiándose las lágrimas con la manga.

—Yo haré el arroz —dijo—. Pero tú haces los tamagoyaki. Te salen más esponjosos.

Ambos rieron. Y al salir del dojo, el ambiente no parecía menos frío… pero dentro de él, el fuego suave de sus palabras seguía ardiendo. Tranquilo. Constante. Vivo.

💛

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