Gwi-nam (Estamos Muertos)

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Escuela Hyosan, una tarde antes del brote

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Escuela Hyosan, una tarde antes del brote.

El murmullo de los pasillos iba apagándose mientras los estudiantes salían del último periodo. Entre ellos, Gwi-nam caminaba como si el mundo le debiera algo: con los hombros rectos, el mentón en alto, y esa mirada afilada que podía partir a cualquiera en dos.

Pero tú, T/n, eras la única que sabía lo que se escondía detrás de esos ojos.

Te esperabas en el almacén detrás del gimnasio, justo donde él siempre te pedía que lo esperaras. Donde nadie más podía ver que el temido Yoon Gwi-nam —el tipo que le partía la nariz a los demás sin pestañear— se quitaba la chaqueta, se recostaba en tu regazo y dejaba salir un suspiro como un niño cansado.

—Llegas tarde —murmuraste al verlo entrar, cerrando con seguro.

—Y tú eres impaciente —replicó él, pero una pequeña curva se formó en la comisura de sus labios. Solo contigo.

Gwi-nam se acercó con pasos lentos, y sin pedir permiso, te empujó suavemente contra las cajas de balones. Su mano quedó en tu cintura, y sus ojos —oscuros, intensos— buscaron los tuyos con algo que muy pocos sabían que tenía: anhelo.

—¿Qué harías si supieran que estás con el chico más odiado del colegio? —te susurró, acariciando con sus nudillos tu mejilla.

—Probablemente me expulsarían del club de literatura —respondiste con una sonrisa cómplice.

Él soltó una risa baja, gutural, y luego bajó la cabeza para posar sus labios en tu cuello. No era tierno. Era salvaje. Pero contigo... tenía cuidado.

—Me gusta que seas mía, T/n. Solo mía.

Tu corazón latía con fuerza, no solo por lo que decía, sino por cómo lo decía. Había algo peligrosamente adictivo en él. Ese tipo de amor que nadie aprueba, pero que arde demasiado fuerte para ignorarlo.

—¿Celoso otra vez? —le preguntaste.

—No —dijo él. Pero su ceño se frunció. Claramente sí.

—¿Es por el chico del laboratorio que me ayudó hoy?

Gwi-nam se separó un poco y rodó los ojos.

—Ese imbécil no sabe con quién se está metiendo. La próxima vez que te mire, le rompo los dientes.

—¡Oye! —reíste, empujándolo juguetonamente— No puedes golpear a todo el que me mire.

—Claro que puedo —dijo sin perder su sonrisa torcida—. Porque tú eres lo único que me importa en este maldito lugar.

Y aunque sus palabras eran ásperas, su voz se quebró apenas. Porque tú eras el único punto de luz en su mundo retorcido.

Se inclinó y te besó. Firme. Reclamante. De esos besos que saben a despedida, aunque aún no haya terminado el día.

—Prométeme que si pasa algo raro, tú te vas. ¿Oíste? Tú te largas, no importa lo que escuches.

Frunciste el ceño, desconcertada.

—¿Por qué hablas como si fuera el fin del mundo?

Gwi-nam no respondió. Sólo te abrazó más fuerte.

Y en algún rincón de la escuela, una rata comenzaba a convulsionar con espuma en la boca.
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Mamá de......Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora