Alejandro y Rodolfo

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Pedido para Elboro521

Ubicación: Zona segura de la Fuerza Especial, México

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Ubicación: Zona segura de la Fuerza Especial, México.
Hora: 02:13 AM.

El cuartel estaba en silencio. Solo el zumbido de los generadores y algún que otro susurro de radio flotaban en el aire.

Alejandro se sirvió un café, aunque ya llevaba cuatro. Sus ojos no se despegaban de la vieja libreta en la que t/n solía anotar códigos, dibujos sin terminar, incluso recetas. No sabía por qué la seguía cargando, pero se sentía mal dejándola guardada. Como si hacerlo fuera otra forma de perderla.

—¿Otra vez sin dormir? —preguntó Rodolfo entrando en la sala común.

—Como tú, güey.

Rodolfo se sentó frente a él y ambos guardaron silencio por varios segundos. Había muchas cosas que no se decían desde la última operación. Desde la traición. Desde Valeria.

—A veces… —dijo Rodolfo de pronto— siento que la sigo escuchando. Su voz, en medio del tiroteo, diciéndome que cubra la derecha.

Alejandro asintió. Lo entendía.

—Yo sueño con ella. No como murió, sino como era antes de todo esto. Cuando nos gritaba por llegar tarde o cuando te cocinaba algo sin preguntarte si tenías hambre, porque asumía que siempre lo estabas.

Una sonrisa triste se formó entre los dos. Casi al mismo tiempo. Dolía, pero también reconfortaba.

—¿Crees que Valeria…? —empezó Rodolfo.

—¿La odiaba? —terminó Alejandro— No. Todo lo contrario.

Tomó la libreta y la abrió por una página marcada. Una hoja con una nota escrita por t/n:

> “Cuida a mi hermana, Ale. Aunque sea fuego. Aunque arda. Cuídala incluso si yo ya no estoy.”

Ambos se quedaron mirando la nota. Rodolfo tragó saliva.

—Lo intentamos. Lo hicimos, de verdad.

Alejandro cerró la libreta con fuerza contenida.

—Pero ella no sobrevivió a la guerra interna que Valeria sí abrazó.

En ese momento, se abrió la puerta del fondo. Un soldado entregó un sobre.

—Es un informe de vigilancia. Nuevas imágenes del cártel de Valeria.

Alejandro lo tomó y no dijo nada. Cuando el soldado se fue, lo dejó sobre la mesa, sin abrirlo.

—¿No lo vas a leer?

—Ya sé lo que dice. Sigue viva. Sigue al frente. Pero ya no queda nada de la Valeria que t/n crió.

Rodolfo asintió.

—Y nosotros seguimos luchando con la culpa. ¿Crees que ella lo sabía?

Alejandro volvió a mirar la libreta.

—Sí. T/n sabía todo. Por eso siempre se desvivía por cuidarnos… porque sabía que un día, ella no estaría para contener las fracturas.

Silencio otra vez.

Pero no era vacío. Era el tipo de silencio que nace del duelo, del respeto. Del amor que sobrevive incluso a la muerte.

En el aire, el aroma del café se mezclaba con el eco de una risa que ya no estaba. Pero en los gestos de ellos, en el silencio compartido, t/n seguía viva. No solo como recuerdo, sino como el lazo que aún unía lo que la guerra no había podido romper del todo.

Mamá de......Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora