Cheong-san (Estamos Muertos)

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La sirena de emergencia seguía sonando por todo el instituto.
Los gritos se escuchaban cada vez más cerca.
Y sin embargo, el mundo pareció detenerse cuando Cheong-san cerró la puerta del aula vacía donde habían logrado refugiarse.

T/n, sentada en el suelo con la espalda contra el pupitre, levantó la vista al escucharlo trancar la puerta con una silla rota.
Tenía las manos manchadas de sangre—no suya—y un corte leve en la mejilla. Aun así, su mirada buscaba la de ella con esa intensidad que solo él tenía.

—¿Estás bien? —preguntó él, sin aliento.

T/n asintió, aunque temblaba por dentro.
—Sí... tú también.

Él se acercó, dejó caer su mochila y se arrodilló frente a ella.
Hubo un momento en el que ninguno dijo nada. Solo el sonido apagado de las cosas destruyéndose al otro lado de las paredes.
Y la respiración de ambos, agitada.

—T/n... —dijo Cheong-san, bajando la voz—. Si no salimos de aquí...

—No digas eso —lo interrumpió ella, con los ojos húmedos.

—No, escúchame. —Tomó su mano con firmeza—. Si no salimos... si algo me pasa... quiero que sepas que te amo.

El corazón de T/n se detuvo.

Él había dicho esas palabras muchas veces en broma. En voz baja. En mensajes que ella no leyó a tiempo. Pero nunca así. Nunca como si fueran su última voluntad.

—¿Por qué estás diciendo eso ahora...? —susurró ella, con la voz rota.

—Porque lo siento desde el primer día que te vi reír en la biblioteca. Porque siempre quise decírtelo de verdad, no entre zombis y gritos. Pero no tuve tiempo. —La miró directamente—. Tú me haces querer vivir, incluso cuando todo parece perdido.

T/n se lanzó hacia él y lo abrazó con fuerza.
Sintió su pecho vibrar contra el suyo, su corazón latiendo tan rápido como el de ella.
—Idiota... yo también te amo.

Cheong-san la estrechó aún más, como si con ese abrazo pudiera detener al mundo. Como si eso los hiciera invencibles.

Después, sin decir nada más, se separaron apenas para unir sus frentes.

—Si salimos vivos de aquí... —dijo ella, entre lágrimas—. Me vas a invitar a tteokbokki. Sin excusas. Sin zombis.

Él sonrió, aunque sus ojos también estaban húmedos.

—Trato hecho.

Entonces, afuera, los cristales comenzaron a crujir.
El infierno volvía a tocar la puerta.
Pero en ese pequeño instante, solo existían ellos dos. Y una promesa que, en medio del caos, los mantenía humanos.

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