En esta historia tu serás la mamá/esposa/novia/tía/abuela/niñera de el personaje que ustedes gusten.....
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El aire fresco de La Push llenaba tus pulmones cada mañana, cargado del aroma a pino, mar y lluvia. Tu vida era sencilla, pero plena. Tenías un esposo cariñoso, Billy, que aunque ahora pasaba más tiempo en su silla de ruedas, siempre encontraba la forma de hacerte reír con sus bromas secas. Y por supuesto, tenías a Jacob… tu niño grande.
Verlo caminar por la casa ya no era como antes. A sus 16 años, Jacob se había transformado casi de la noche a la mañana. Ahora era alto, musculoso, con esa piel cobriza tan hermosa que brillaba bajo el sol, y un cabello largo que tanto se negaba a cortar. Sus sonrisas seguían siendo las mismas de siempre, abiertas y brillantes, el reflejo perfecto de ese corazón enorme que había heredado de ti.
—Mamá, ¿has visto mis llaves? —preguntó una tarde, entrando a la cocina donde estabas preparando pan frito.
—Están en tu cuarto, junto a la radio que nunca apagas —respondiste con una risita—. ¿Por qué no ordenas un poco tu espacio antes de perderlo todo?
Jacob hizo un puchero. Era tan fácil olvidar lo grande que era, porque con esas caritas aún parecía un niño pequeño que te pedía dulces.
—¡Luego, lo prometo! —dijo, acercándose para darte un rápido beso en la frente. El calor que desprendía su piel te recordaba constantemente la parte de su herencia que lo unía al bosque y a su manada.
Billy entró rodando en ese momento, riendo entre dientes.
—Te consiente demasiado, Jake —murmuró con diversión.
—¡Hey, soy el más pequeño! —protestó él, alzando las manos.
—Ya no eres tan pequeño —dijiste tú, poniéndole una mano en el hombro y sintiendo lo firme que estaba. Soltaste un suspiro, nostálgica—. Sigues siendo mi bebé, aunque ahora tenga que alzar la cabeza para verte a los ojos.
Jacob sonrió con esa ternura que hacía que todo valiera la pena. Rodeó tu cintura con un brazo enorme y apoyó la frente contra la tuya.
—Siempre voy a ser tu Jake, ma. No importa cuánto crezca… o en qué me convierta.
Sabías a qué se refería. No ignorabas los secretos del clan. Habías visto de reojo cómo desaparecía en el bosque con Sam y los demás, cómo volvía más calmado, pero con rastros de algo salvaje en la mirada. Tú solo acariciaste su cabello con cuidado.
—Lo sé. Y siempre seré tu madre, cuidándote… incluso cuando creas que no lo necesitas.
Billy sonrió con discreta complicidad desde la mesa, mientras tú servías el pan frito caliente. Jacob tomó un trozo, lo mordió y soltó un gruñidito de placer.
—Eres la mejor cocinera de La Push —dijo con la boca medio llena, y eso te hizo reír.
—Y tú el mejor lobo glotón de todos —bromeaste, pellizcándole la mejilla.
Era un momento simple, doméstico, pero tan tuyo, tan familiar. Porque al final, no importaba si los problemas del mundo llegaban con vampiros o leyendas antiguas. Para ti, Jacob siempre sería ese niño de sonrisa amplia que corría a tus brazos cada vez que se lastimaba la rodilla.
Y mientras siguieras respirando, él siempre tendría un hogar cálido al que volver.