En esta historia tu serás la mamá/esposa/novia/tía/abuela/niñera de el personaje que ustedes gusten.....
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Desde el primer momento en que lo tuviste en brazos, supiste que Oboro iba a llenar tu vida de luz. Era un bebé risueño, con una sonrisa tan amplia que parecía que siempre encontraba algo bueno en todo. Mientras crecía, esa sonrisa solo se volvió más contagiosa.
—¡Mamá, mira lo alto que puedo saltar con mi nube! —gritaba, flotando sobre su quirk con un brillo de orgullo en los ojos.
—Ten cuidado, Oboro. No quiero que termines estrellado contra el techo otra vez —decías entre risas, aunque en el fondo tu corazón latía rápido con miedo y ternura.
Siempre te sorprendía cómo ese niño tuyo lograba hacer amigos en segundos. Cuando trajo a Aizawa Shouta y a Yamada Hizashi a casa por primera vez, los recibió como si fueran hermanos de toda la vida. Te enterneciste al ver a tu hijo, tan lleno de alegría, poner un brazo sobre sus hombros mientras te decía:
—Mamá, ellos son mis mejores amigos. ¿Verdad que son geniales?
—Claro que sí —respondiste, revolviendo su cabello claro—. Son bienvenidos aquí siempre.
Aizawa era tímido, callado, con una expresión casi eterna de fastidio. Pero tú notabas que le brillaban los ojos cuando Oboro hacía alguna broma tonta. Hizashi era pura energía, tanto que a veces te mareaba con su entusiasmo, pero tú adorabas verlo a los tres juntos.
Con el tiempo, cuando se convirtieron en estudiantes de UA, no ocultaste tu preocupación. Siempre los esperabas en casa con alguna comida caliente, fingiendo que solo era cortesía, aunque por dentro morías de miedo de que un día alguno no regresara.
Y ese día llegó, de la peor forma. Cuando recibiste la noticia de la muerte de Oboro, sentiste que el mundo se rompía. Pero no estabas sola. Aizawa y Hizashi llegaron a tu casa con los ojos rojos, el primero temblando al contener el llanto y el segundo incapaz de decir palabra.
Los abrazaste a los dos. Eran tus hijos también, aunque el tuyo ya no estuviera.
—Él no querría que ustedes dejaran de sonreír —susurraste con la voz rota, acariciando las cabezas de ambos—. Mi niño era luz, y ustedes son parte de esa luz.
Aizawa hundió su rostro en tu hombro, finalmente soltando un sollozo que había retenido demasiado tiempo. Y en ese momento, en medio del dolor, supiste que siempre serías su mamá también.