En esta historia tu serás la mamá/esposa/novia/tía/abuela/niñera de el personaje que ustedes gusten.....
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Narración desde el punto de vista de T/n
Dicen que los dioses no se enamoran. Que aman por capricho, por deseo, por juego. Pero cuando Apolo me miró por primera vez… El mundo se detuvo.
Yo no era una musa. Ni una ninfa. Solo una mortal más, entre rezos y cosechas. Pero él… Él descendió del cielo con su cabello dorado como fuego y sus ojos tan brillantes que parecían leer mi alma.
—T/n —susurró, la primera vez que me habló—. Me oculté en mil amaneceres para poder verte. Y aún así, nada es tan hermoso como tú.
Fue entonces que lo supe. Apolo, el dios del Sol, me había elegido.
Me llevó a Delfos, entre templos y jardines donde el tiempo no pasaba. Nos casamos en secreto, con la bendición de las Horas y el murmullo de las hojas. Y aunque todos temían que fuera otra historia trágica como la de Dafne o Casandra… No fue así.
Apolo me amó con paciencia. Con poesía. Me componía canciones mientras el sol se alzaba sobre nuestras sábanas, y sus dedos trazaban constelaciones sobre mi piel.
Pero no todo era calma en el Olimpo.
Los dioses murmuraban. Zeus lo reprendía. Afrodita me miraba con celos disfrazados de sonrisa.
—Una mortal no debería tener el corazón del dios del Sol —dijo una vez Hera con una sonrisa venenosa.
Pero Apolo solo tomó mi mano frente a todos y dijo:
—Entonces que los dioses aprendan lo que es amar con luz.
Y lo hizo.
🌻 Me dio un templo solo para mí, donde mortales venían a pedirme consejo como si yo también fuera diosa. 🌻 Me enseñó a tocar la lira, a leer las estrellas, y a caminar sin miedo entre divinidades. 🌻 Me llevó en su carro solar por encima de los mares, entre nubes doradas, mientras el mundo despertaba con nosotros.
Un día, le pregunté:
—¿Qué viste en mí, Apolo?
Y él, sin titubear, respondió:
—Donde otros vieron una flor, yo vi un jardín. Donde otros vieron sombra, yo vi el fuego que me iguala.
Ese día lloré. Porque incluso siendo un dios, Apolo me hablaba como un hombre que de verdad amaba.
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A veces el sol no quema. A veces el sol abraza. Y yo era suya. Y él… era mío.