En esta historia tu serás la mamá/esposa/novia/tía/abuela/niñera de el personaje que ustedes gusten.....
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Caesar, de niño, bajo el cuidado de t/n
La mansión estaba silenciosa. Tan silenciosa que no parecía haber un niño de seis años en ella.
T/n recorrió los pasillos tapizados de mármol y molduras con su andar sereno, llevando una taza de chocolate caliente y una manta doblada.
—Caesar —dijo, apenas en un murmullo—. Ya es tarde, sal de ahí, cariño.
El niño no respondió. Pero ella ya sabía dónde buscar.
Detrás del piano, en el rincón más oscuro del salón principal. Allí estaba, con las piernas recogidas, las mejillas frías y los ojos rojos de tanto frotárselos en silencio.
T/n no preguntó si había llorado. Con Caesar, uno no pregunta esas cosas. Uno solo está.
Se sentó a su lado, sin invadir su espacio.
—Te traje esto. No está muy dulce, como te gusta —susurró, dejando el chocolate a su lado.
El niño no lo miró. Solo murmuró:
—No van a venir hoy tampoco, ¿verdad?
Un silencio. El tipo que duele más que cualquier respuesta.
T/n se acercó un poco, lo suficiente para rodearlo con la manta sin tocarlo directamente.
—Tu padre… está ocupado. Pero yo estoy aquí, Caesar. Y volveré mañana también.
Los ojos del niño se clavaron en ella, por fin. Desconfiados, heridos, acostumbrados a las promesas vacías de adultos que venían y se iban como si él fuera un encargo más.
—¿Y si me llevan otra vez? —preguntó con una voz baja, áspera de tanto miedo guardado.
T/n sintió un nudo en el estómago. Ese niño no debería hablar así. No debería temer esas cosas. Pero lo hacía, porque lo habían dejado hacerlo. Porque lo habían dejado solo.
Se inclinó, rozando su frente con cuidado.
—Esta vez, si intentan llevarte… iré tras de ti —le dijo, firme, sin temblor, sin prometer lo que no cumpliría—. Y no voy a dejar que te lastimen. No eres solo una carga, Caesar. No para mí.
Hubo un temblor casi imperceptible en los labios del niño. Como si no supiera si podía creer en eso.
Pero no dijo nada. Solo se recostó, apoyando su cabeza contra su costado.
Y por primera vez desde que llegó, t/n lo sintió respirar sin rigidez. Solo como un niño que necesitaba dormir. Seguro. En paz.
Esa noche, Caesar durmió con los dedos aferrados a la manga de ella, como si supiera que si la soltaba, se acabaría todo.