En esta historia tu serás la mamá/esposa/novia/tía/abuela/niñera de el personaje que ustedes gusten.....
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"La última caricia cálida"
Las llamas azules ardían con violencia sobre los escombros. Dabi se mantenía firme en medio del caos, el rostro cubierto de cenizas y piel rota, mientras la ciudad ardía lentamente. Todo lo que era símbolo de paz, de falsa esperanza… lo quería ver caer.
Pero de pronto, entre las chispas y el humo, una imagen cruzó por su mente. No la de su madre. No la de su padre.
La de ella. Su tía.
—Touya, ¿otra vez escapaste del entrenamiento? —decía su voz dulce, mientras salía del interior de la casa con una bufanda tejida a mano en las manos.
Él se encogía de hombros, con las mejillas rojas por el frío.
—No quiero seguir entrenando. Me duele todo.
—Lo sé, amor... —decía con paciencia, arrodillándose para envolver su cuello con la bufanda— pero no eres una máquina. Eres un niño. Y mereces ser feliz.
Ella siempre tenía esas palabras suaves, ese aroma cálido a té de durazno y tela limpia. No le gritaba como Enji. No lo miraba con miedo como Rei. Lo escuchaba. Lo trataba como un niño de verdad. Como un sobrino. Como un ser humano.
Recordaba cuando ella lo cuidaba cuando se enfermaba, cuando lo dejaba quedarse dormido con la cabeza en su regazo, acariciándole el cabello mientras le contaba historias antiguas sobre héroes verdaderos, de los que salvaban sin romper corazones.
—Si algún día no quieres ser héroe… tampoco está mal, ¿sabes? —le había dicho una vez mientras le curaba una quemadura leve— Lo importante es que sigas siendo tú. Que no te apagues.
Pero se apagó. Una parte de él lo hizo.
Y ahora… mientras el fuego devoraba todo, ese recuerdo lo apretó por dentro.
Sus labios, rotos por el calor, se movieron apenas.
—Tía…
No sabía si estaba viva, si había desaparecido tras el escándalo del apellido Todoroki. Ella había intentado hablar con Enji tantas veces, protegerlo a él, defender a Rei… pero nunca la dejaron intervenir lo suficiente. Era una mujer amable, pero eso no servía en una familia que quemaba lo bueno que tocaba.
Dabi cerró los ojos, dejando que una lágrima solitaria se evaporara en su mejilla.
A veces se preguntaba si ella aún lo recordaba.
Si aún tenía aquella foto de él enmarcada en su casa, cuando tenía ocho años y le regaló una flor hecha de papel que ella guardó como si fuese oro.
Y, aunque no lo diría jamás, en medio del fuego, del odio, y del caos, el recuerdo de su tía T/n era lo único que le quedaba intacto.