En esta historia tu serás la mamá/esposa/novia/tía/abuela/niñera de el personaje que ustedes gusten.....
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La casa Todoroki siempre parecía al borde de estallar. Las paredes latían con un calor latente, alimentado no solo por quirks poderosos, sino por emociones aún más inflamables.
En el centro de ese infierno vivía T/n, la madre de Enji. Una mujer dulce, con un aura tan suave y luminosa que contrastaba con cualquier escenario en el que se encontrara. Sus anuncios como modelo decoraban avenidas enteras en Musutafu: allí aparecía radiante, con vestidos etéreos y sonrisas que prometían calma. Pero en casa, no era un anuncio perfecto. Era esposa y madre, intentando sostener un hogar que ardía día tras día.
Su esposo, Takeo Todoroki, era un hombre forjado en la dureza de una tribu oculta, donde el poder y la furia eran medidos con orgullo. Alto, imponente, con un torso musculoso adornado de antiguas marcas tribales. Su quirk hacía que mechones de su cabello se derritieran en lava líquida, goteando sobre su espalda y chisporroteando en el suelo donde caían. Cuando se enfadaba —algo demasiado frecuente—, la lava brillaba como un sol abrasador.
—¡Te digo que Enji debe entrenar el doble, el TRIPLE! —rugía Takeo, cruzando el salón con pasos que sacudían la casa—. ¡No voy a criar a un debilucho que confíe en la sonrisa bonita que heredó de ti!
T/n respiró hondo, manteniendo una serenidad que había perfeccionado durante años. Se colocó protectora frente a Enji, un niño pequeño de ojos rojos brillantes y expresión aterrada.
—Takeo, por favor… míralo. Tiene apenas cinco años. Necesita jugar, no solo entrenar.
—¡JUGAR! —bufó su marido, lanzando un puño contra la pared, que crujió y soltó un leve vapor—. ¿Y cuando alguien queme sus esperanzas allá afuera? ¿Quién lo protegerá? ¿Tus palabras suaves?
T/n lo miró con dolor. Vio a Enji temblar detrás de ella, apretando sus manitas, con un miedo tan inocente que le rompió el corazón. Algo dentro de ella, un rincón donde siempre había guardado sus temores, finalmente se fracturó.
—¡BASTA, TAKEO! —gritó, con una fuerza que jamás había usado. Su voz se alzó como un latigazo eléctrico que rebotó por toda la casa.
Takeo parpadeó, como sorprendido de que ella, su brisa calmada, hubiera alzado la voz. La lava en su cabello pareció titilar, desconcertada.
—¿Q-Qué…?
T/n dio un paso al frente, con los ojos vidriosos, el pecho subiendo y bajando con violencia. Años de miedo, de contención, de velos de paz que cubrían un hogar roto, explotaron en su pecho.
—¡ESTOY HARTA, TAKEO! —gritó con un hilo de voz que se rompía pero no cedía—. ¡Harta de verte tratar a Enji como si fuera un trofeo! ¡Un recipiente para tu maldito orgullo tribal! ¡Él es un niño, nuestro hijo, y lo vas a DESTROZAR antes de que siquiera sepa quién es!
Sus manos temblaban, su cabello estaba revuelto, sus labios curvados en rabia. Por primera vez, no era la modelo sonriente ni la esposa conciliadora: era una madre leona, rugiendo para proteger a su cachorro.
Y ahí ocurrió algo tan extraño como perturbador. Los ojos de Takeo, antes llameantes de furia, se dilataron con un brillo oscuro. Su respiración se hizo profunda, casi lasciva, mientras la miraba como si estuviera descubriendo un tesoro oculto.
—Así que por fin… —murmuró, su voz ronca, cargada de un placer salvaje—. Por fin muestras tu verdadero fuego, T/n…
Él dio un paso hacia ella, la lava goteando lentamente, calentando el aire. La tomó por el rostro con manos firmes, sin lastimarla pero sí dominándola, y bajó su tono a un susurro rasposo que se clavó en la columna de T/n.
—¿Tienes idea de lo increíblemente excitante que es verte así? Con esa furia, esas lágrimas, ese temblor en tus labios…
T/n abrió la boca para protestar, pero él acercó su frente a la suya, casi fundiéndola con el calor.
—Más te vale recordar cómo gritarme de esa forma —ronroneó Takeo, sus labios curvándose en una sonrisa torcida—. Porque la próxima vez me aseguraré de que sea por razones… mucho más placenteras.
Un rubor traidor subió por el cuello de T/n, confundiéndose con el fuego de su propia ira. Por un segundo, esa tensión peligrosa entre rabia y deseo vibró en el aire, tan espesa que se podía cortar.
Detrás, Enji los observaba sin comprender. Solo sabía que su madre, por primera vez, había logrado hacer callar a su padre. Y en ese instante, se aferró con fuerza a la falda de T/n, buscando protección, sin notar el peligroso brillo que acababa de encenderse en los ojos de su padre.
Y así, en esa casa deformada por el calor, T/n entendió que si bien siempre había sido la brisa que calmaba el fuego, había ocasiones en que debía arder… aunque solo fuera para recordar a su volcán salvaje por qué había elegido compartir su llama con ella.
—idiota— se giro y cargo a su hijo subiendo al segundo piso dejando a su marido atrás.