Tanjiro y Nezuko

1.3K 196 3
                                        

Pedido de UlismarOriana

El aire del bosque estaba espeso por el olor metálico de la sangre y la humedad tras la lluvia

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

El aire del bosque estaba espeso por el olor metálico de la sangre y la humedad tras la lluvia. Caminabas con paso firme entre los árboles, tu haori ondeando suavemente tras ti mientras tu respiración se mantenía controlada. Como cazadora de demonios, ya estabas acostumbrada a paisajes teñidos de tragedia, pero esa noche algo se clavó especialmente hondo en tu pecho.

Fue un leve susurro. Un sollozo. Y enseguida lo viste: un joven de ojos carmesí, desgastados por el llanto, abrazando con fuerza a una chica que llevaba un bambú atado en la boca. Ambos estaban cubiertos de raspones, mugre y rastros secos de lágrimas. Parecían dos criaturas abandonadas en mitad del infierno.

—¿Qué hacen aquí? —preguntaste con voz firme pero no agresiva, posando la mano en la empuñadura de tu espada.

El chico te miró de inmediato, con un brillo tembloroso en sus ojos que hizo que el aire pareciera detenerse por un segundo. Luego se puso de pie, colocándose frente a la chica como escudo humano.

—No nos haga daño, por favor… —rogó, inclinando un poco la cabeza, aunque su voz era decidida—. Si tiene que lastimar a alguien, que sea a mí. Pero no toque a mi hermana.

Algo en la escena te atravesó como una flecha. Tal vez fue la forma protectora en que él extendía el brazo, o el modo en que la chica escondía el rostro en su espalda, temblando. Entonces comprendiste que aquella no era una simple demonio: su humanidad seguía intacta, brillando con fuerza a pesar de la oscuridad que la envolvía.

Diste un paso más cerca. El chico alzó el rostro, y en cuanto tu aroma suave, mezcla de flores de montaña y resina de pino, llegó a su nariz, abrió los ojos con sorpresa. Fue tan inmediato que apenas lo ocultó. El latido de su corazón cambió, acelerándose con un temblor distinto.

—¿Qué sucede? —preguntaste con suavidad, bajando la mano de tu espada.

—Su olor… —murmuró con un hilo de voz, con un nudo en la garganta—. Es… como el de mi madre.

Aquello te dejó quieta un instante. Su hermana, Nezuko, levantó los ojos también. Al verte, sus pupilas se dilataron ligeramente, y un sonidito gutural se escapó de su garganta, como un suspiro al borde del llanto. Sus pequeñas manos se aferraron al kimono de su hermano con más fuerza, pero sin temor: era como si te mirara y, por un momento, hubiera olvidado su hambre demoníaca. Solo veía a una madre.

No dijiste nada. En vez de eso, avanzaste con calma, extendiste una mano y la posaste con delicadeza en la cabeza de Tanjiro, el chico, revolviendo apenas su cabello en un gesto protector. Sus ojos se humedecieron al instante.

—No tienen nada que temer. Están a salvo conmigo —susurraste, con una sonrisa triste.

Con el tiempo, aquella promesa se volvió un hogar. Los llevaste a tu residencia temporal, donde cuidaste sus heridas, preparaste caldos calientes y lavaste la sangre seca de sus ropas. Tanjiro no dejaba de mirarte con una mezcla de nostalgia y alivio doloroso. Y Nezuko… Nezuko te seguía como un patito, abrazándote cada vez que podía, respirando profundo contra tu cuello como si memorizara tu esencia.

No pasó mucho antes de que sintieras un cariño enorme brotar por esos dos niños que habían perdido tanto. Los regaños suaves a Tanjiro cuando entrenaba sin comer, el peinar a Nezuko en las noches mientras murmurabas viejas canciones del norte… todo se fue haciendo natural.

Una tarde, Tanjiro llegó cubierto de polvo tras una misión y te encontró sentada con Nezuko recostada sobre tus piernas, dormida como un gato. Se quedó quieto en la puerta, mirándote con los ojos brillando, como si quisiera llorar pero ya no tuviera lágrimas.

—(T/n)… —dijo apenas, tragando saliva—. Gracias… por todo. No sabe cuánto… cuánto significa para nosotros.

Te limitaste a abrir los brazos. Tanjiro dio un paso y luego otro, hasta que cayó de rodillas frente a ti, abrazándote con fuerza. Hundiste una mano en su cabello, acercándolo más, mientras Nezuko, medio dormida, sonreía en sueños.

—No tienen que agradecer nada, Tanjiro. Desde el momento en que los encontré… ustedes se volvieron mis hijos. Y los protegeré con mi vida si hace falta.

Él asintió contra tu hombro, dejando escapar un sollozo suave. En ese instante, el dolor por su madre biológica pareció mezclarse con un nuevo tipo de consuelo: el de saber que, aunque el mundo estuviera plagado de demonios, aún tenían un lugar seguro donde regresar. Un hogar donde el olor a flores y pino siempre los recibiría con los brazos abiertos.

Mamá de......Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora