Aemond Targaryen

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🐉 "Sólo tengo un ojo… pero aún te tengo a ti"

La habitación estaba sumida en un silencio denso. El aire olía a ungüentos, velas y sangre seca.
Aemond yacía recostado en su cama, cubierto hasta el pecho con una fina sábana dorada. Su ojo izquierdo, aún sano, miraba fijamente al techo. El otro lado de su rostro permanecía vendado con una delicada gasa blanca que tú misma habías cambiado con manos temblorosas. El maestre había hecho su trabajo… pero nadie lo cuidaba como tú.

—¿Te duele mucho hoy? —preguntaste con voz baja, acariciando con la yema de tus dedos los rizos rubios de su cabello.

—Un poco… pero ya no como antes —susurró, intentando restarle importancia. Su tono fuerte y maduro no podía engañarte.

—Mentiroso. Siempre haces eso… —dijiste dulcemente, colocándole un paño fresco en la frente, aunque no tuviera fiebre. Solo querías seguir tocándolo, seguir cerca.

Aemond cerró los ojos. El gesto fue apenas visible, pero en él estaba toda su gratitud. Nadie lo había tocado con ternura desde el ataque. Todos lo miraban con lástima, con vergüenza… o con incomodidad. Todos, menos tú.

—Tía… no necesitas quedarte tanto. Ya me curaron —murmuró, sin mirarte.

—Y aún así me quedaré. Ya sabes que soy más terca que tú —le contestaste con una sonrisa suave, mientras le dabas un pequeño plato de frutas que tú misma habías cortado. También tenía pastelillos de canela, sus favoritos desde niño.

Aemond los miró como si le costara creer que alguien recordara eso.

—Gracias… —dijo, tragando saliva.

—Tú sólo come, cariño. Yo me encargo de todo.

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La puerta de la habitación se abrió sin previo aviso. Alicent entró con paso rápido, seguida de Otto Hightower. Al ver la escena, ambos se detuvieron.

Tú estabas sentada al borde de la cama, con una mano en la cabeza de Aemond, acariciándole con suavidad, y la otra dándole de comer como a un niño. Él se apoyaba contra tu regazo, con los ojos entrecerrados. Parecía un niño otra vez… aunque ya no lo era.

Alicent frunció el ceño.

—T/n… ¿no crees que estás exagerando un poco?

—¿Y qué tiene de malo que lo consienta? —preguntaste sin cambiar el tono—. Ha pasado por un infierno. Y si no me equivoco, aún es un niño, aunque el mundo se niegue a verlo.

Otto entrecerró los ojos, como si analizarte fuera parte de una estrategia. Aemond no dijo nada. No lo necesitaba. Se recostó más cerca de ti, en un gesto silencioso de lealtad.

—Debería estar entrenando su carácter, no recibiendo pastelillos —murmuró Alicent, molesta.

—Y tal vez si lo hubieras abrazado más de pequeño, no buscaría el cariño en mí —le contestaste suavemente, sin mirarla. Alicent palideció.

Aemond apretó tu muñeca con disimulo, en agradecimiento. Tú solo le ofreciste otro trozo de fruta y una caricia en su mejilla vendada.

—¿Ves? Aunque sólo tengas un ojo, yo aún te veo entero.

Él sonrió, por primera vez en días.

—Y tú aún me ves como tu niño, ¿no?

—Siempre.

Y así, frente a todos, lo seguiste mimando sin pudor, convirtiéndote no sólo en su tía… sino en su único refugio verdadero.

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