Emma Gilbert (H2O: Sirenas del mar)

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Emma había limpiado su cuarto tres veces en la mañana

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Emma había limpiado su cuarto tres veces en la mañana. Una vez al despertar, otra después del desayuno y una tercera después de haber ido a nadar “solo un rato”. El trapeador aún goteaba junto a la puerta, y la cama tenía las esquinas dobladas con la precisión de un hospital militar.

T/n entró en silencio, observando el orden impecable. Demasiado ordenado para una adolescente. Y en el centro de todo eso… estaba Emma, sentada, mirando su móvil con el ceño fruncido.

—¿Ya te convertiste en general del ejército y no me avisaste? —bromeó T/n, apoyada en el marco de la puerta.

Emma levantó la vista. Sonrió, pero sus ojos estaban llenos de ansiedad.

—Solo… quiero tener todo en orden —murmuró.

—¿Todo? ¿O estás tratando de tener algo en orden porque hay cosas que no puedes controlar?

Silencio.

T/n entró al cuarto y se sentó junto a su hija. Le tomó la mano, fría al tacto, húmeda.

—Emma... no siempre tienes que ser perfecta —susurró—. Está bien si no tienes todas las respuestas. Está bien si te asusta lo que te está pasando.

Emma tragó saliva. Quiso hablar, pero sus labios temblaron. Terminó cerrando los ojos.

—Es que... ya no soy normal, mamá. No sé cómo explicarlo sin sonar loca. A veces... me siento como una bomba de agua a punto de explotar. Y si no me controlo… todo se desborda.

T/n le acarició el cabello con cariño.

—¿Sabes qué es lo más bonito de ti, Emma? Que siempre quieres cuidar a los demás. Pero ¿quién te cuida a ti?

Emma se quedó callada.

—Aquí estoy, mi amor. No importa si te sale agua de las manos o si puedes congelar el té con un parpadeo. Eres mi hija. Y cuando algo se te salga de control… puedes venir a mí.

Finalmente, Emma dejó escapar una lágrima. Luego otra. Y sin poder contenerse, se abrazó a su madre.

—No quiero arruinarlo todo —susurró.

—No lo harás. Ya eres increíble siendo tú misma, con todo y magia incluida.

—¿No te asusta?

T/n sonrió y la apretó más fuerte.

—Mi amor… me asustaba más cuando te subías a la bicicleta sin casco. Esto no me asusta. Esto solo me hace admirarte más.

Emma rió entre lágrimas. Su madre tenía esa extraña habilidad de hacerla sentir que todo iba a estar bien, aunque el mundo estuviera de cabeza.

—Gracias, mamá —murmuró—. Gracias por no tratarme como un bicho raro.

—No eres un bicho raro. Eres mi hija, y punto. Aunque admito que si empiezas a congelar los platos para no lavarlos… sí vamos a tener problemas.

Emma soltó una carcajada auténtica. Por fin.

Y por esa tarde, se permitió dejar de ser perfecta. Porque su madre ya la amaba así, tal y como era.

Mamá de......Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora