Edward Cullen

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🕯️ “El hijo de la eternidad” – Siendo la mamá de Edward Cullen después de su transformación 🕯️
🌙 Pedido de: NariCajal

El primer grito no fue humano.
Era dolor en su forma más pura.
Dolor que se arrastraba por cada rincón de la casa como humo espeso, negro, imposible de ignorar.

Estabas allí cuando Carlisle lo trajo. Un muchacho delgado, con la piel empapada en sudor y sangre, aferrándose a los últimos hilos de una vida que ya se le escapaba. Te miró una vez, justo antes de que la fiebre lo consumiera. Tenía los ojos verdes más tristes que habías visto.

Carlisle te explicó lo que había hecho. Lo que había tenido que hacer.

—Estaba solo, moribundo… y joven —dijo, con la voz llena de culpa contenida—. No pude dejarlo morir.

No sabías qué decir. Solo asentiste, sabiendo que el niño que despertaría después de la transformación ya no sería el mismo.

Tres días.
Tres días de gritos, espasmos y fuego.
Tres días en los que estuviste a su lado, leyendo en voz baja, hablándole como si pudiera escucharte.
—Todo va a estar bien, Edward —murmurabas—. No estás solo. No más.

Y entonces, despertó.

Silencio.
La respiración detenida.
Los ojos abiertos, rojos como el vino derramado, clavándose en ti.

Se quedó quieto, sin hablar. Como si el mundo ya no tuviera palabras suficientes.

—¿Qué… qué soy? —preguntó con voz temblorosa.

Te acercaste, con cuidado, y le tomaste la mano. Estaba helada. Dura como el mármol. Pero aún era la mano de un niño que buscaba consuelo.

—Eres Edward. Mi hijo. Mi familia. Eso es lo único que importa.

Al principio no lo entendía. Luchaba. Gritaba. Se encerraba por días.
“¡Nunca pedí esto!” “¡Debería estar muerto!” “¡No soy humano!”
Te lo decía con furia, con dolor. Pero tú sabías que, detrás de todo eso, había miedo.

Así que cada vez que se quebraba, tú estabas allí. Con libros. Con música. Con palabras suaves.
Le enseñaste a tocar el piano otra vez. Le leíste poesía cuando no podía dormir. Le enseñaste que aún podía amar, aunque ya no pudiera latirle el corazón.

Y, poco a poco, se dejó cuidar.
Como un niño perdido en medio de una eternidad nueva.
Como un alma que aún buscaba el sentido de su existencia.

—Gracias por no rendirte conmigo —te dijo una noche, mientras tocaba unas notas en el piano—. Sé que no fue fácil.

Tocaste su cabello, con ternura infinita.

—Los hijos no se eligen, Edward. Pero si hubiera podido elegirte… lo habría hecho mil veces.

Y aunque el mundo veía a un vampiro frío y perfecto, tú seguías viendo al niño de ojos tristes que, al final, solo quería sentir que pertenecía a algo.

Y tú le diste eso. Un lugar. Un hogar.
Una madre. Aunque la eternidad ya se hubiera llevado la suya.

Mamá de......Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora