CX

150 47 0
                                        


Camila Hastings

No recuerdo la última vez que dormí más de una hora seguida.

Ivanna llevaba casi veinte minutos llorando en mis brazos, con ese llanto agudo que ya reconocía: encías inflamadas, desesperación pura. Santiago no se quedaba atrás; desde la habitación soltaba quejiditos cada vez más fuertes.

Natanael estaba en el pasillo, caminando de un lado a otro con él pegado al pecho.

- No se calma - dijo, y su voz ya no tenía ternura, solo cansancio.

- Ninguno se calma - respondí sin mirarlo, intentando que Ivanna aceptara el mordedor otra vez.

El llanto subió de intensidad. Sentí cómo algo dentro de mí también subía.

- ¿Le pusiste el gel? - pregunté.

- - contestó, cortante - hace diez minutos.

- Pues no está funcionando.

- Ya sé que no está funcionando, Camila.

Nos quedamos en silencio un segundo, pero no era un silencio tranquilo. Era denso. Cargado.

Santiago empezó a llorar más fuerte. Natanael resopló, frustrado.

- No entiendo qué más hacer, Cami.

- Yo tampoco - respondí, y odié cómo mi voz sonó a reproche.

Ivanna arqueó la espalda, inconsolable. Sentí que me ardían los ojos.

- Me duele verla así - murmuré.

- ¿Crees que a mí no? - replicó él de inmediato.

Levanté la mirada por primera vez. Sus ojos estaban rojos. No sabía si de sueño o de impotencia.

- No dije eso.

- Pero lo pensaste.

- No lo pensé, Nat.

Santiago volvió a soltar un llanto desgarrador. Natanael lo cambió de brazo, agotado.

- No hemos dormido nada - dijo, más para sí que para mí - nada.

- Lo sé - respondí, pero ya no sonaba suave.

Ivanna mordió el mordedor con fuerza y volvió a llorar. Sentí cómo me temblaban las manos.

- Dámelo - dije, señalando a Santiago.

- ¿Para qué? - contestó, sin moverse.

- Para ver si conmigo se calma.

La frase salió mal. Muy mal.

Natanael se quedó quieto un segundo.

- ¿Y conmigo no?

- No quise decir eso.

- Pero lo dijiste.

El cansancio nos estaba haciendo decir cosas que no pensábamos. Lo sabía. Pero eso no evitaba que doliera.

Santiago seguía llorando. Ivanna también. Los perros estaban inquietos, caminando por el pasillo.

- Estoy haciendo lo que puedo - dijo Natanael, apretando la mandíbula.

- Yo también - respondí, sintiendo cómo la frustración me apretaba el pecho.

Nos miramos un segundo, los dos agotados, desvelados, con bebés llorando en brazos y con el nulo conocimiento de papás primerizos.

Has llegado al final de las partes publicadas.

⏰ Última actualización: 19 hours ago ⏰

¡Añade esta historia a tu biblioteca para recibir notificaciones sobre nuevas partes!

Estrellas | Natanael Cano  Donde viven las historias. Descúbrelo ahora