-Lo lamento mi Sultan, pero... No hay nada que pueda hacer.
-¡¿Que me estas diciendo?
Hurrem cerró los ojos resignada e impactada ante las palabras que anunciaban la muerte de una de sus mayores enemigas.
-Que Allah reciba a Mahidevran en su reino.
La suave balada envolvió los versos que no necesitaban acústica para sonar celestiales.
Cerem, a un lado de Mustafá, acariciaba el cabello mojado por el sudor del niño, quien se aferraba a ella con toda la fuerza que su cansado cuerpo le permitía.
Los ojos de Mustafá carecían de la alegría y astucia propia del pequeño príncipe, pero al menos observaban a Cerem, la observaban con la adoración propia de un niño que, como único mundo, tenía a su madre. Cerem, aliviada por sentir el calor de su hijo, hizo caso omiso a la pelea que ocurría fuera de sus aposentos.
Suleiman gritaba, culpando la incompetencia de los sirvientes que no habían detenido a la mujer de entrar a la habitación, que aún se consideraba peligrosa por riesgo de infección, pero Ibrahim mantenía su posición, defendiendo las acciones de la Han frente al Sultán.
Al coro de voces se unió Habbad Pasha, con un tono más amortiguado que el de su hermano y el Sultán, pero con la misma convicción de defensa. El hombre abogó por la Han, sosteniendo la teoría del envenenamiento que la madre de Cerem había propuesto mientras curaba al niño.
—Mamá... Mamá...
—Sí, querido, ¿qué necesitas?
—Mamá... Mamá... —murmuró, aferrándose a la mujer.
—Aquí estoy. Mamá está aquí, mamá te cuida.
Cerem se acurrucó con su pequeño hijo, ignorando el aroma a sangre de la habitación. Las sábanas sucias habían sido cambiadas, pero el aroma a enfermedad aún se aferraba a las paredes con la amenaza de no irse nunca. La Han pensó detenidamente en cambiar de habitación y quizás quemar todo aquello que oliera a muerte.
Las joyas podrían ser usadas para costear un nuevo proyecto, tendría que hablarlo con el Pasha, pero Cerem recordaba vagamente haber tenido algunos planes en mente antes del inicio de todo este martirio.
—Mamá... —los suaves murmullos mezclados con el viento llenaron de dulzura el corazon inquieto de la Han. Los vestidos podían quemarse junto a las sábanas y la habitación podía sellarse. Mustafá dormiría con ella al menos durante las próximas lunas.
Cuando el Sultán se fuera, Cerem recompensaría a los sirvientes que le llevaban información a pesar de las órdenes absolutas del Sultán y el Visir, y estaría al pendiente de cualquier nuevo sirviente contratado, pues no le quedaba duda de que Suleiman introduciría a su propia gente en su palacio.
Las estadías anteriores del hombre habían sido efimeras, lo suficientemente breves como para nunca haber notado cómo los sirvientes siempre observaban a Cerem antes de seguir la orden de alguien más. Pero ahora, con este angustiante desastre llegando a su fin, el Sultán tendría tiempo para reflexionar y poco a poco hilaría esas pequeñas observaciones.
Su gente había obedecido al Sultán, pero la obediencia y la lealtad no eran conceptos enlazados en el palacio de Constantinopla, y más pronto que tarde el dueño de este Imperio llegaría a dicha conclusión.
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