Ignorando las súplicas de su hermano y sirvientas, Cerem corrió hacia sus aposentos como nunca antes lo había hecho. Su estómago se revolvía y su espalda protestaba con cada paso apresurado dado por la mujer. Su cuerpo, débil por el esfuerzo y la falta de alimentos sustanciosos, flaqueó en el último tramo antes de llegar a su puerta.
Allí, mientras aún recuperaba el aliento, dos guardias se acercaron para socorrerla. Con ellos también llegaron los doctores que habían atendido a su hijo y, de fondo, la Han podía escuchar los murmullos preocupados de sus sirvientas leales. Aun así, nada de eso importaba.
Oh, Mustafá...
Su adorado y precioso hijo, su león, su querido bebé, su niño, su dulce niño que solo a ella pertenecía. Estaba vivo y podía recuperarse. Había una esperanza real después de días que se sintieron como años de agonía. Al fin, por una vez, Cerem podía realmente aferrarse a la esperanza.
—Sultana, cuide su salud —pidió uno de los jóvenes guardias con voz temblorosa y baja. El simple hecho de observarla rompía todo protocolo existente, pero eso no resultaba impedimento cuando la Han parecía a punto de desfallecer.
Cerem se tomó un minuto para recomponerse, aún en el suelo, con ojos turbios y la mente dividida entre murmullos que pasaban a segundo plano y una euforia casi inusual. La Han se tomó el tiempo para observar el panorama a su alrededor. Los doctores se miraban los unos a los otros, con la preocupación y el hastío grabados en sus rostros, pero aún sin atreverse a poner una mano sobre ella por miedo al castigo. Por otro lado, los hombres encargados de cuidar las puertas de sus aposentos trataban en vano de incorporarla a una postura más digna con meticulosa suavidad. Con una preocupación más errática y manos temblorosas, los jóvenes hombres usaban sus toscas manos para apoyar a la Han y sostenerla para que su espalda no tocase el piso.
Sus sirvientas, por otro lado, se debatían entre la histeria y la furia absoluta ante la inacción de los doctores. Ibrahim, en cambio, había desaparecido tras las puertas de los aposentos de la Han. Segundos después, volvió con Zita, quien observaba a su hija en el suelo sin estar realmente impresionada por la escena.
La mujer mayor tenía sus ropajes llenos de sangre, sangre que la Han sabía pertenecía a su pobre hijo. Eso, aun así, no la desanimó ni horrorizó como en el pasado. Era sangre fresca, no seca ni en poca cantidad. Eso significaba que su hijo aún producía sangre, por ende, su corazón aún latía y su pecho aún se movía con cada respiración.
—¿Está vivo? —preguntó con voz ronca, pero aun así firme— dímelo, no me ocultes nada. Lo soportaré. ¿Estará bien después de todo?
Zita suspiró y le entregó una mirada a Cerem como aquellas que solía darle cuando ella y sus hermanas escapaban de sus deberes solo para hacer una travesura.
—Está vivo y con bien —confirmó la mujer— pero aún le queda mucho por sanar. No será sencillo, hija mía, su joven cuerpo está dañado y quizás quede con secuelas, pero eso no le impedirá vivir.
De la garganta de la regente escapó un sonido que era mitad euforia y mitad incredulidad. Su mente se aclaró de forma repentina y, desde lo más profundo de su pecho, sintió la necesidad de inclinarse ante su madre y agradecer a sus pies. Zita también pareció sentir dichas intenciones y de inmediato su rostro se agrió.
—¡Ni siquiera lo pienses! ¡Eres una mujer de mucha dignidad! —regañó la curandera mientras señalaba a la mujer en el piso con sus manos ensangrentadas— ya has hecho suficiente espectáculo, y lo he pasado por alto debido a la salud de tu pobre hijo, pero eres una Han y, sea lo que signifique eso, conlleva que tú actúes bajo cierto protocolo. Hija mía, levántate antes de que me vea en la obligación de levantarte.
La castaña obedeció las palabras de su madre y, con cierta vergüenza, se levantó de su asiento en el suelo con ayuda de los guardias. Mirando a su alrededor nuevamente, Cerem notó la mirada fija de todos y pensó con culpa lo mucho que estos últimos días habían pesado sobre todos ellos.
Aun así, no se sintió juzgada como podría haberse sentido en Estambul. Más allá de los doctores, el resto de los presentes la seguían a ella. Cerem no era indiferente a lo que su gente hacía en su nombre, y saber que esto probablemente no saldría de los muros del palacio le entregó cierto alivio.
—¿Cómo está? —preguntó, recuperando su calma.
—Mejor de lo que esperé que estuviera. Débil y quizás aún muy aturdido, pero su mente sigue siendo fuerte. No pareció sucumbir a la estupidez propia de una fiebre aguda y, aunque la comida parece causarle malestar, no se niega a comer.
—Eso es bueno... —los profundos ojos grises de la mujer observaron a su madre con discreta súplica y, tocando su vientre, Cerem preguntó— ¿Cuándo será seguro verlo? ¿Su enfermedad aún es peligrosa y propensa al contagio?
Esto pareció aclarar las ideas de Zita, quien rápidamente negó con la cabeza y, sabiendo que su hija podría con la noticia, la mujer no se tentó el corazón para hablar.
—¿Enfermedad contagiosa? ¡Ja! De ser ese el caso, te aseguro, hija mía, que más de uno habría sucumbido ya. Eso que tu hijo tiene es veneno. ¡Uno muy ingenioso! Ya te diré qué difícil es distinguirlo de una enfermedad, pero no cabe duda en mí: es veneno. Aún no estoy segura de cuál, pero cada hierba dada a ese niño fue para desintoxicarlo. Al ver que los múltiples tratamientos de estos hombres no funcionaban, mi intuición me llevó a tratarlo de otra forma, y eso fue lo que dio resultado.
Aquello desconcertó a Cerem.
Ella había buscado, ella junto a sus sirvientes y guardias, cada pista posible, cada paso en falso que indicara un posible envenenamiento. Los doctores bajo el yugo de Constantinopla habían hecho pruebas y dado desintoxicantes durante las primeras etapas de la enfermedad de Mustafá, pero nada había surtido efecto.
Al final, todos se habían convencido de que la causa era el virus que había azotado a Estambul, un virus que, de hecho, hasta la fecha aún cobraba víctimas entre el pueblo de Estambul, según había dicho Ibrahim.
¿Veneno? ¿Qué veneno podría lograr tal hazaña?
—Madre... No es... No es posible. Mis hombres buscaron, Ibrahim y los doctores trataron con cada tratamiento. En la capital, otros niños murieron por causas similares. No solo niños del Harem, el pueblo también sufrió.
—¿Y eso en qué es extraño? —preguntó la curandera, consciente de la maldad de los hombres—. ¿Qué impide que un rico envenene un pozo en estos días? ¿Qué impide a los hombres dar de comer veneno a los niños? Hija mía, he pasado años arrebatando vidas de las manos de la muerte. He visto cómo se comportan las enfermedades contagiosas. Tus hermanos... han muerto bajo estas causas, tú lo sabes tanto como yo. Así que lo digo con convicción: tu hijo ha sido envenenado.
Aquella declaración heló la sangre de los hombres y las mujeres del palacio, quienes se observaron los unos a los otros con horror, pues, aunque no tenían el contexto completo de dicha conversación, al menos tenían en esencia lo importante.
Veneno... Su príncipe había sido envenenado.
—Esos... malditos —murmuró Ibrahim, mirando la puerta que contenía el hedor a la sangre de su pobre sobrino— ¡Esos malditos!
...
Me declaro enemiga publica de wattpad he editado este capitulo CUATRO VECES y aún asi se me sigue guardando mal, me va a dar algo lo juro.
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El Sultan - Mi Leon
Fiksi Penggemar-Lo lamento mi Sultan, pero... No hay nada que pueda hacer. -¡¿Que me estas diciendo? Hurrem cerró los ojos resignada e impactada ante las palabras que anunciaban la muerte de una de sus mayores enemigas. -Que Allah reciba a Mahidevran en su reino.
