Fuego

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Luz era puro fuego y yo solo quería que me quemara por dentro, que me abrasara.

Supuse que la culpa era mía, por haberle echado gasolina, pero no podía evitar la atracción que me producía su cuerpo, sus besos y sus caricias. La deseaba tanto.

Habíamos salido a tomar algo con Paolo, a desconectar de todo lo ocurrido en los últimos días, celebrar la salida de Hugo de nuestras vidas, que ojalá fuera para siempre. Había mantenido el contacto con mi novia, como ya era costumbre, porque mi piel parecía necesitar tocarla siempre que estaba cerca, pero la cosa había ido escalando.

Sus besos me habían despertado las ganas y cada vez estábamos más empalagosas, escalando inconscientemente. Me daba pena por Paolo, pero si no fuera por él, seguiríamos dándonos el lote en la terraza del Chelsea como un par de adolescentes.

Le pregunté si quería que fuéramos a hacer aquel plan del que habíamos hablado y eligió el de ver una película tranquilitas, cuando yo más bien me refería a aquella noche robada en la que íbamos a celebrar que habían recuperado el Hotel Lasierra.

Pero no pasaba nada, si finalmente ella no tenía ganas, yo me daría una ducha bien fría y me abrazaría a ella para ver una película de dibujos con una rata protagonista.

Hice un último intento en la tienda de alimentación para indicarle por donde iban mis pensamientos y la acaricié lentamente contra mí. Suave, desde sus muslos, sus caderas, su vientre... Su cabeza se descolgó levemente y vi como cerraba los ojos y se mordía el labio, excitada. Tan distraída, que la señora tuvo que llamarla varias veces para que le contestara. No pude evitar reírme.

No contaba con que ella se apretara ahí donde más me quemaba como venganza. Mi cuerpo reaccionó y me costó ahogar el gemido que me provocó.

Ahora era ella quien se reía de mi.

Encontré su mirada y estaba tan encendida como la mía. Si la besaba allí mismo, corríamos el peligro de dar un espectáculo en medio del pueblo y yo, de momento, tenía muy buena relación con mi suegro como para hacerle pasar por detenernos por escándalo público.

Tiré de ella hacia el hotel. Mis pasos de gigante haciendo que Luz tuviera que dar dos de los suyos por cada uno, pero a mí la necesidad ya me tenía sin respiración.

Pasamos por recepción como estrellas fugaces y nos escabullimos por escaleras y pasillos hasta llegar a mi habitación.

Intenté encontrar la tarjeta que abriría la dichosa puerta, pero las manos me temblaban y no la localizaba dentro del bolso. Luz no ayudaba, pegada a mi espalda, apoyando sus labios en mi hombro desnudo. "¿Saco yo la mía?" Murmuró con voz grave y la risa contenida de verme tan torpe y frustrada.

Estaba a punto de pasar todo el bolso por el lector, a ver si había suerte, cuando por fin mis dedos la encontraron.

Entramos dentro de la habitación a trompicones y con la risa de Luz de banda sonora, que yo no pude evitar seguir. Mi novia dejó caer la bolsa de chuches y su bolso en cualquier lugar y yo hice lo mismo con el mío, para después enredarme en ella, arrinconarla con mi cuerpo, callando nuestras risas, contra la puerta que se cerró con un sonoro click. "Por fin solas." Susurré sobre sus labios.

Me acerqué a sus labios lentamente, retrocediendo un poco en el último momento y disfrutando de su quejido, antes de que fuera ella quien terminara de recortar la distancia, tirando de mi cuello y poniéndose de puntillas.

Nos devoramos como si llevásemos años sin probarnos. Su lengua jugando con la mia, su cuerpo pegándose al mío en todos los sitios perfectos y ella encajando una de sus piernas entre las mías, presionando tan deliciosamente como había hecho en la tienda. Podría quedarme a vivir ahí.

Luz subió la apuesta, colando su mano por la raja de mi falda y puse rumbo hacia la cama, donde estaríamos más cómodas. Cuando mis piernas chocaron con el borde, hice que girásemos y la empujé sobre el colchón, donde se colocó buscando el centro.

No tardé en seguirla, arrodillándome, volviendo a enredarnos y tras besar un par de veces más sus labios, me dediqué a recorrer su cuello, sus hombros, su escote... el outfit que había elegido hoy me tenía distraída todo el rato, pero creo que había podido disimularlo bien hasta ese momento.

Continué mi camino mientras que nuestras caderas seguían moviéndose sincronizadas, buscando ese dulce roce. Llegué a ese nudo en su escote que parecía el lazo de un regalo e, inconscientemente me relamí, enterrándome en su pecho y cogiendo con los dientes uno de sus extremos para deshacerlo.

Luz me miró incrédula, al borde de la risa, nublada entre tanta excitación, pero levanté las cejas y le dediqué una sonrisa malvada antes de volver a hundirme y pasar mis dientes por uno de sus pezones antes de suavizar con mi lengua, consiguiendo que se le olvidara todo y acunara mi cabeza con su mano, invitándome a seguir mientras con la otra se aferraba a mi cadera, a mi culo, mientras seguía moviéndose contra mi muslo. Cada vez más fuerte, más lento.

"Mi... Amor... Ahh." Me intentaba avisar.

Su cuerpo empezó a temblar sin control y me esmeré en darle todo el placer que pude para hacerla terminar de llegar. Además que no podía dejar de observar semejante espectáculo y sonreír.

"Ay, qué vergüenza." Luz de tapó los ojos, aún sin aliento.

Me apoyé en uno de mis brazos y utilicé la mano libre para descubrir su mirada. "Pero, qué dices."

"Pues que tenía tantas, tantas ganas de volver a estar contigo, que no, que he acabado antes de empezar..."

Me reí, sacudiendo la cabeza. "¿Y cuál es el problema? Tenemos toda la noche por delante..." Me acerqué a su oído, a contarle un secreto, aunque estuviéramos las dos solas en la habitación. "Vamos a empezar y acabar muchas veces esta noche."

Aún estaba tan cerca de ella que sentí un escalofrío recorrer su cuerpo y sonrió.

Ya nada volverá a ser como antesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora