Cagarla, lo que hago yo siempre

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Volvimos al cuartel, pero esta vez dejamos el coche una manzana más allá para que no nos vieran. No estaba nada convencida del plan que se le había ocurrido a Ainhoa, pero era verdad que no se me ocurría nada mejor.

Al menos de esa forma le compraríamos tiempo a Gaspaolo, como habíamos empezado a referirnos a él porque solo el nombre nuevo era raro, antes de que cayera en las manos de inmigración. Si de todas formas mi padre decía que no había forma de salvarle...

Entramos al cuartel y saludamos a los compañeros de mi padre, diciéndoles que iba a recoger algo que me había pedido, pero realmente seguimos la dirección que Martínez nos había indicado antes hasta las celdas.

Había una guardia en la zona y mientras yo me escondía y pensaba un plan, Ainhoa se tiró a la piscina.

"Eh, hola, Alba, ¿no?" Ainhoa se presentó.

La guardia pareció sorprendida pero en seguida la ubicó. "Sí. Tú eres Ainhoa, la novia de Luz, ¿no?"

"Eh... Sí." La escuché dudar. Joder, tenía que poner remedio a esto ya. "Es que hoy es el santo de Martínez y hemos traído unos pastelitos que hemos hecho en el restaurante, por si te quieres pasar a probarlos."

¿El santo de Martínez? ¿Pero sabía cómo se llamaba? Porque yo no, siempre le había llamado Martínez.

Ella negó. "No, pero gracias. Es que tengo que cuidar la dieta."

"Anda, mujer, si estás estupenda. Además, que... que son de harina de avena y tienen cero azúcar." Me tapé la boca e intenté ahogar la risa que me producía Ainhoa intentando mentir. "Que con el apechusque que le ha dado al sargento hace nada, mejor que sean sanos."

Con eso parecía que la tenía en el bote. "Ay, pues siendo así, no te digo yo que no. Eso con un cafecito y se aguanta mucho mejor el turno."

"Claro, mujer." Le dio la razón la pelirroja. "Oye, que... ¿me puedes decir dónde están los baños?"

Se giró y yo me metí en un cuarto para que no me viera. "Allí al fondo."

"Genial, pues voy en un momento y ahora te veo arriba." La guardia desapareció escaleras arriba y escuché a Ainhoa susurrar. "¿Luz?"

Me dio un ataque de risa de los nervios y ella tiró de mi hacia la celda de Paolo.

Nuestro amigo se sorprendió de vernos otra vez allí pero más aún cuando Ainhoa sacó el manojo de llaves de su bolso y empezó a probarlas en la cerradura.  "¿¡Qué hacéis!?"

"Cagarla, Paolo. Qué vamos a hacer. Cagarla, lo que hago yo siempre."

Que tardara tanto en atinar, cuando solo teníamos unos minutos hasta que se dieran cuenta de que no había pastelitos, iba a terminar con mis nervios, así que invadí su espacio e intenté ayudar, lo que solo sirvió para que nuestra piel se encontrara y la echara más de menos.

Por fin pudimos abrir la puerta, pero las dudas de Paolo no nos permitieron ser lo suficientemente rápidos y mi padre nos pilló con las manos en la masa.

Y no sólo nos echó la bronca como esperaba, sino que nos obligó a meternos en la celda con él. No sé qué pretendía, pero no habíamos conseguido hacer nada, ¿nos iba a multar?

No pude razonar con él y le pidió las llaves a Ainhoa, quien hacía rato que solo miraba al suelo, aguantando la bronca y esperando a que todo acabase. Ella se las dio, desde la máxima distancia posible, y sin levantar la mirada.

"Decidme que esto no está pasando, por favor." Musité.

Escuchamos a mi padre darle unas cuantas órdenes a la guardia Alba en el pasillo y después la nada.

Paolo se dejó caer en el catre y enterró la cabeza en sus manos, lo que yo aproveché para acercarme a Ainhoa, que seguía mirando al suelo con la respiración agitada, y susurrarle. "¿Estás bien?"

"Eh, sí, sí..." Por fin, levantó la cabeza y miró a su alrededor.

La observé hasta que fijó su mirada en mí y pude confirmar en sus ojos que todo estaba bien, su respiración normalizándose. "Sabes que mi padre no nos haría daño, ¿no?"

"Sí, claro, es tu padre. Es solo que..." Se encogió de hombros y esperaba que continuara, deseaba con todas mis fuerzas que no se callara, ansiaba que se sintiera cómoda conmigo para contarme cualquier tontería que se le pasara por la cabeza y, por supuesto las cosas importantes también. Tragó saliva y organizó sus palabras. "Que no me gustan estas situaciones. Las broncas, los gritos..."

No me pude aguantar y cogí su mano, dejando caricias en su dorso, sintiendo como poco a poco se relajaba. "Ya, lo entiendo." Ella tenía una tímida sonrisa, que imitaba la mía. Paolo suspiró y levantó la cabeza, ajeno a nuestra interacción. "Será mejor que nos pongamos cómodos. No creo que mi padre nos deje aquí mucho, solo lo suficiente para que aprendamos la lección."

Conseguí arrancarle una pequeña risa y noté cómo se resistía a soltar mi mano, igual que yo de camino al coche. Sin embargo, no pensaba arreglar lo nuestro en mitad de una celda enana y con Paolo en medio, así que me resigné, dejé un rápido beso en su dorso, resistiéndome a su mirada inquisitiva y la dejé ir, antes de buscar un sitio donde sentarme.

Ya nada volverá a ser como antesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora