Fue hace mucho tiempo. Eburneo iba cada medio año a una pequeña ciudad de Agdenor. No era un lugar para nada destacable, pero ahí vivía una mujer muy concreta.
No se acordaba de por qué, pero Eburneo siempre le llevaba algo de dinero. Cada medio año. Sin falta. Nunca recordaba por qué lo hacía. Sin embargo, cada vez que consideraba dejar de ir, una pequeña voz insistía en que tenía que hacerlo. Años más tarde, Eburneo por fin podría lograr ahogar esa voz, pero en ese momento solo se centró en llegar a la residencia de la mujer.
Pero la mujer no estaba ahí. Estaba en la otra punta de la ciudad.
—¡Por favor! ¡Esperad un poco! —suplicó— ¡Os juro que os daré el dinero!
Sin embargo, el jefe de la pandilla ya se había cansado, así que puso la punta del cuchillo cerca de la oreja de la mujer.
—Cierra el pico, pelirroja, si no quieres que te corte el otro lóbulo. Mis colegas y yo queremos ese dinero ahora.
—Ya te he dicho que me traerán el dinero en seguida y...
—¡No nos vengas con ese cuento otra vez! ¡Es lo mismo que nos dijiste la semana pasada! —soltó otra mujer de la pandilla.
—Exacto —continuó el jefe—. Mira, otras veces tolerábamos tus retrasos, pero ahora eres vieja e inútil.
—¡No hables así a mi madre! ¡Trátala con respeto!
El rostro de la mujer pelirroja palideció. Su mirada se posó en su hija, que se estaba intentando zafar del agarre de dos miembros de la pandilla, aunque sin éxito. El jefe se acercó a la niña.
—¡No! —gritó la madre— ¡Dejadla en paz! ¡Haré lo que sea!
El jefe la miró unos segundos antes de agacharse al lado de la niña y posar el cuchillo cerca de su oreja.
—¡Por favor! ¡Es solo una niña! ¡No sabe lo que dice!
El jefe lanzó una última mirada furtiva a la madre antes de pellizcar con cuidado el lóbulo de la oreja de la niña. La madre intentó acercarse, pero un golpe la tiró y, antes de que se pudiese levantar, uno de los pandilleros más corpulentos se sentó encima suyo.
—Me imagino que ya sepas lo que va a pasar —dijo el jefe.
—No, por favor...
Sin hacerle caso, el jefe le cortó el lóbulo a la niña.
—¡Zuei! —gritó la madre por encima del chillido de su hija.
—Ahora que está marcada, nos pertenece, ¿no? —dijo el jefe y su pandilla lanzó un grito de aprobación— La cosa es que mantener a dos mascotas es muy caro. ¿O me equivoco?
La pandilla empezó a reírse.
—¿Qué? —preguntó la madre, atónita, justo antes de que un fuerte golpe le partiese el cráneo.
—¡Mamá! —gritó Zuei.
—Escúchame, niña. En este mundo mandan los fuertes. Y a los fuertes, hay que respetarles, que te quede claro.
—¡Jefe! Tenemos un mirón —dijo una mujer de la pandilla.
El cabecilla del grupo desvió su atención de Zuei y se centró en el hombre rubio vestido de blanco que contemplaba la escena.
—¡Eh! ¡Tú! ¡Mandjetita! Si te vas y no dices nada te dejaremos en paz.
Pero Eburneo no hizo caso. Se acercó a la mujer pelirroja y se agachó junto a su cuerpo. El golpe que le habían dado fue muy fuerte. Sin duda estaba muerta. Y, a pesar de que su cara había sido dañada, Eburneo reconoció su rostro.
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Esdria
FantasyHace mucho tiempo, Lord Emón descendió de los cielos para desterrar a los demonios, grotescas criaturas de más allá de este mundo Ahora el mundo de Esdria es mucho más tranquilo y los demonios rara vez se ven Esta es la historia de cinco jóvenes de...
