98. Dos ojos blancos

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Sver, Tenai, Shura y Lars aparecieron en una cueva. En cuanto se dieron cuenta de que Shura les había teletransportado, Sver y Tenai suspiraron aliviados. En cuanto la adrenalina se pasó la sombramante notó de golpe el dolor de todas sus magulladuras. En respuesta Sver empezó a curar, no solo sus heridas, sino que también las de Lars y las de Shura, que yacía inconsciente en el suelo, como cada vez que se teletransportaba.

Una vez las heridas superficiales se cerraron y Sver se aseguró de que no había daños internos, él y Tenai la acostaron con cuidado en una roca lo suficientemente plana como para hacer de cama improvisada. Luego, se acercaron a la boca de la cueva. No era muy profunda, apenas unos tres metros, pero lo suficiente para resguardarlos con relativa comodidad de la intensa lluvia que estaba cayendo en el exterior.

—¿Dónde crees que estamos? —preguntó Tenai.

—Creo que esta cueva está en los montes que separan Agdenor de Oronus.

—Entonces, ¿nos hemos librado de los Ojos?

—Eso parece. Ha sido por poco, pero sí, eso parece.

Tenai soltó una risotada.

—¿De qué te ríes? —preguntó Sver.

—Nada. Es que nos hemos enfrentado a los Tronos de los Ojos Blancos y hemos sobrevivido. A parte, ¡para ser un pusilánime no lo has hecho nada mal, enanito! —soltó Tenai mientras le daba un codazo a Sver.

—¿Pero de qué hablas? —preguntó Sver mientras empujaba cariñosamente a su amiga— Es gracias a mí que estás de pie y no retorciéndote de dolor en el suelo.

—Vale, vale, quizás tengas un poco de razón.

—De verdad, eres de lo que no hay.

Se rieron un poco, pero se interrumpieron al escuchar el sonido del metal contra la piedra. No. No solo eso. A sus espaldas notaron un cosquilleo, una presencia. Los dos se giraron a la vez, nerviosos.

Contra la roca en la que estaba Shura, estaba la espada que había dejado atrás cuando se teletransportaron. A su lado, sentado, había alguien. Desde esa posición, Sver y Tenai solo pudieron ver una larga melena de pelo negro y una capa blanca con refinados patrones bordados en oro.

—Por favor, permitidme este momento —dijo mientras acariciaba cariñosamente la cabeza de Shura.

Pasaron varios segundos. Había algo en esa persona que impidió a los jóvenes moverse. Era una sensación de poder antiguo, casi primordial. Llenaba el aire como un alarido constante, pero, por algún motivo, era a la vez casi imperceptible. Cuando miraban al hombre, daba la sensación de atraer la mirada y a la vez de no estar ahí. Cuando Sver intentó percibir sus emociones, no solo no vio nada, sino que más bien vio un vacío que se ocultaba a sí mismo.

Finalmente, Tenai tuvo el coraje para alzar su daga. No tenía la certeza de saber si era quien creía que era, pero estaba segura de que era alguien poderoso.

—¿Quién eres? —preguntó tras armarse de voluntad.

El hombre se levantó lentamente y se giró. Bajo la pesada capa blanca, llevaba también una túnica de amplias mangas del mismo color y con más patrones bordados en oro. Tenía una pequeña sonrisa en su rostro, que no se alejaba demasiado del de Shura o Efnu, pero lo más llamativo, eran sus ojos, similares a los de Shura. Un fino círculo negro rodeaba un brillante iris blancos que contenía unas profundas pupilas negras insondables.

—Me temo que aún no hemos tenido el placer de conocernos —dijo con una voz profunda, pero cálida y amable, mientras hacía una ligera reverencia—. Yo soy Emón.

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