96. Mandato

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 Los Tronos entraron uno a uno en el salón del Trono de Emón. La sala apenas estaba iluminada y el único sonido era el de los dedos del dios, que golpeaban rítmicamente el reposabrazos del trono.

Los Tronos estaban arrodillados y sumamente inquietos. De los ocho que eran originalmente, solo había cinco ahí. Efnu y Rezzo parecían relativamente calmados, pero Eburneo, Naidia y Zuei apenas lograban ocultar su estrés.

Tras varios minutos de asfixiante silencio, Emón habló.

—¿Dónde está Klair? Creía que os había pedido a todos los tronos acudir de inmediato —preguntó sin tan siquiera abrir los ojos para mirar a sus vasallos.

Su voz resonó ampliamente; fría e implacable. Eburneo tragó saliva con dificultad antes de responder.

—No podemos encontrarle. Desapareció hace unas horas con la ulema.

—Si no recuerdo mal, nombré hace no tanto a Saidas como octavo trono. Murió a manos de un demonio. Luego, el segundo trono murió en la invasión a Varod. Y ahora, el quinto ha parecido abandonarnos. Qué trágico estado.

»Pero eso no es todo. Dos de los prisioneros más importantes que hemos tenido en años, han escapado. Primero la sombramante, cuya celda nuestra querida Naidia juró que sería inescapable, aunque ahora, por mucho que me duela, sospecho más de la acción de Klair que de la inhabilidad de Naidia para diseñar una celda efectiva. Sin embargo, esa es una perdida asumible.

»En cambio, otra fuga es más grave. Sin necesitar la ayuda del maestro carcelero y humillando a Zuei...

—Mi señor —interrumpió Zuei—. Si me permite...

—¡Silencio! Te hallamos enredada con tus propias cadenas e incapacitada. La única razón por la que sobreviviste es porque nadie sabía que eras yhagal. No sobreestimes tu suerte, y mucho menos tu posición aquí.

Zuei agachó la cabeza y no dijo nada más.

—Como estaba diciendo, después de humillar a Zuei y de incapacitar o matar a todos los guardias de la prisión más segura de todo el mundo, vuestro viejo predecesor ha escapado.

Emón abrió los ojos y todos notaron una pequeña carga electrostática en su piel.

—El día del ritual se acerca, y estamos en una situación precaria. La invasión a Varod, fue un fracaso, Yad aún vive. Krada, que os podría vencer a todos sin problema, ha escapado. Y todo eso, da igual, porque la última gema de la corona sigue en manos de Shura, Tenai y Sver.

Emón se levantó y alzó una mano.

—A excepción de Efnu, todos vosotros me habéis decepcionado, dejando escapar esa gema. Muy bien, eso no volverá a pasar. Quiero que vosotros, mis Tronos, recorráis cielo y tierra, me da igual cómo, pero encontraréis esa gema y me la traeréis, cueste lo que cueste. ¿Queda claro?

Nadie habló. Pero la presión de su silencio solo daba a entender que todos habían aceptado esa orden. Sin mediar más palabra, Emón desapareció.


Se dice que la prisión comandada por Klair es la más segura de toda Esdria. Incluso el propio Emón lo decía, pero eso era solo por tecnicidad. El sitio al que se había teletransportado era más que una celda, más que un simple castigo.

Una cueva, cientos de metros bajo la superficie, sellada con cientos de hechizos. En su centro había una pequeña casita de madera. No era gran cosa, apenas cuatro paredes con algunas ventanas pequeñas, aunque lo suficientemente grandes como para visualizar lo que fuera de esa cueva habría sido el exterior, pero que ahí no era más que otro detalle burlesco.

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