94. Sif, de las estrellas

2 0 0
                                        

 Yad despidió a los familiares de los soldados que habían muerto ese mismo día. Los siervos de Emón le habían tendido una emboscada en su propio palacio. No solía ser el estilo del viejo dios, pero tampoco es que mucha gente le hubiese traicionado abiertamente.

Yad decidió que lo mejor que podía hacer era volver a sus aposentos y descansar un poco. Al día siguiente reforzaría la seguridad del palacio. Primero necesitaba despejar su cabeza completamente del frenesí que la sangre le había aportado.

En cuanto llegó a sus habitaciones, Yad se quitó su característico abrigo. Le dio igual que lo hubiese lanzado sobre una de sus preciadas plantas exóticas. El hombre se tuvo que apoyar en una mesa. Aún sentía la adrenalina fluyendo por sus venas, pero eso no le quitó la sensación de cansancio. Sin embargo, sí que le permitió reaccionar.

De la nada, alguien le atacó. Yad estaba desarmado, así que su mejor opción era bloquear el ataque con sus brazos, con suerte le haría sangrar y podría usar su poder. Todo eso fue un reflejo, lo hizo sin pensar y pagó las consecuencias.

El ataque de una enorme hacha cayó sobre el brazo del varodita, cortándolo. Eso no era nada nuevo para el sangriento, pero la ardiente sensación que sintió le asustó. La herida había quedado inmediatamente cauterizada.

Yad dio un paso hacia atrás, silbando de dolor, pero pronto sintió esa sensación ardiente en la pierna. Cayó fuertemente contra el suelo. Intentó incorporarse, pero alguien posó la cabeza del hacha en su cuello.

—No te muevas —dijo una voz femenina—. Y no intentes gritar, he usado un hechizo para que nadie nos oiga.

—¿Sif? —preguntó Yad, extremadamente extrañado.

El hombre estaba sorprendido. Forzó una subida en su presión sanguínea para restaurar la visión y, en efecto, ahí estaba, delante de él: una mujer preciosa con brillantes ojos dorados y una melena de pelo blanco excesivamente larga.

Yad había llamado a esa mujer amiga durante años, pero en ese instante, nadie lo habría dicho. El hacha mágica de Sif estaba apoyada contra su cuello. Esa arma conjurada era una de las pocas cosas que podían matar a Yad, quemando y cauterizando directamente cualquier herida. Pero daba igual cuanto ardiesen las heridas del hacha, la rabia en la cara de la hechicera era más intensa.

—¿Sif? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has entrado?

—¿De verdad te sorprende que esté aquí? —preguntó la mujer, presionando más el hacha contra Yad— ¡Debería haber venido aquí en cuánto montaste el numerito de tu traición!

—Pero no lo hiciste. ¿Por qué estás aquí ahora?

—¡Has matado a la mejor amiga de mi hija!

—¿Qué? ¿Me vas a culpar de eso? ¡Estaba intentando matarme!

—¡Me da igual! Primero, nos traicionas a todos. Eso solo es motivo suficiente para matarte. Y ahora has arrebatado a mi hija su mejor amiga. Me da igual si fue en defensa propia o no. ¡Ya has hecho suficiente daño a mi familia!

—¿Entonces por qué no me matas de una vez? ¡Los dos sabemos que este no es tu estilo!

Sif retiró su hacha.

—Porque una vez fuimos amigos. Y quiero saber por qué.

—¿Por qué "qué"?

—¿Por qué nos has traicionado? En todos tus discursitos hablabas de liberar Varod y de que no deberíamos ser gobernados por dioses, pero sé perfectamente que eso no es todo. ¿Por qué demonios nos has traicionado?

—Por eso mismo —dijo Yad mientras se sentaba.

—¿Qué?

—Los demonios.

EsdriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora