46. Batalla en el templo de Ulema

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 Tras su entrenamiento rutinario, Sver y Shura se quedaron hablando un rato mientras descansaban. Ella estaba sorprendida con lo mucho que Sver había refinado su técnica solo con los documentos que había encontrado en la biblioteca.

 —¿Lo dices en serio?

 —Sí, eres bastante mejor en combate que cuando llegamos al templo.

 —Gracias. ¿Crees que podré llegar a ganarte?

 —No.

 —Jolín, pero si... ¿Qué es eso?

 Shura se giró. En la puerta había un espejo flotante.

 —No puede ser... —dijo ella.

 —¿Ocurre algo? ¿Es cosa de Tenai?

 —Ojalá lo fuese.

 El espejo se alejó flotando por la puerta y Shura se levantó de golpe.

 —¡Venga! ¡Coge tu orbe de Ulema!

 Shura empezó a correr detrás del espejo y Sver la siguió.

 —¿Qué está pasando?

 —¡Hay un Ojos Blancos!

 Siguieron corriendo hasta llegar a la sección central. Ahí, vieron como cuatro espejos volaban hacia la entrada del templo, donde había una persona. Era un chico, vestido de pantalones amplios y camiseta ceñida grises. Su pelo teñido de blanco estaba recogido en una coleta y sus ojos estaban vendados.

 Sver y Shura lo reconocieron.

 Los cuatro espejos se giraron hacia ellos, como si los estuviesen mirando.

 —Nos volvemos a ver —dijo Saidas—. He de admitir que os escondisteis mejor de lo que esperaba.

 Sver hizo memoria. La única otra ocasión en la que había visto a esa persona fue cuando se enfrentaron a un demonio al poco de llegar a Agdenor, pero habían luchado codo con codo aquella vez.

 —¿Qué haces aquí? ¿Cómo has encontrado este sitio? —preguntó Sver.

 —¿Que cómo he encontrado este sitio? Bueno la respuesta es muy simple: dejasteis la puerta del templo al descubierto. En cuanto a la primera pregunta —Saidas desenfundó su espada, que empezó a brillar con un fulgor ominoso—, bueno, digamos que he venido a por vosotros.

 Saidas bajó las escaleras y empezó a dirigirse hacia ellos, con los cuatro espejos flotando detrás de él.

 —Por orden de Lord Emón, vuestra captura es prioritaria. Será mejor que os rindáis.

 —Sver, prepárate —dijo Shura—. Este de aquí es uno de los Ocho Tronos. Es mucho más fuerte que otros Ojos Blancos.

 Los Tronos. Los líderes de los Ojos Blancos, recordó Sver. El chico miró a su amiga, que tenía su espada en la mano. Parecía estar considerablemente más tensa que en sus entrenamientos, pero mantenía la calma, no como la vez que se encontraron con Klair.

 —Veo que no tenéis intención de ponerme las cosas fáciles —comentó Saidas—. Es una pena. Tenía ganas de pasar un día tranquilo.

 —No creo que los Tronos tengáis muchos días tranquilos —se burló Shura.

 —No sé mucho de ti, psíquica. Solo sé que has desertado y tu nombre. Son todos los detalles que el Maestro nos ha dado.

 —Dime, ¿cuál es tu rango de trono?

 —Soy el octavo trono, aunque saberlo no te va a servir de nada.

 —Te equivocas. Ahora sé que debería ser capaz de ganarte.

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