106. Cuarto acto - Furia de marfil

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 Ascendieron las escaleras en silencio. Al final una luz brillante les recibía, más como un mal presagio que como un faro de esperanza. Cruzaron el umbral y llegaron al altar de Mensenktet: Un enorme espacio sin techo rodeado de columnas. En el centro había un enorme cristal pulido y grabado con intrincados patrones y, a su lado, una tarima de piedra.

Eburneo estaba junto a la tarima, observando impresionado la fina cuerda brillante que ascendía hasta los cielos desde el centro del cristal. Sobre la tarima había una alta figura, portando una fina corona y ataviada en una pesada capa blanca y de complejísimos bordados dorados. La melena del hombre tapaba muchos de esos bordados, que ondeaban a medida que los dedos del rey escribían en el aire, lenta y cuidadosamente, extrañas runas hechas de trueno. Cada vez que una runa se completaba, flotaba perezosamente hacia el centro del cristal, donde la brillante cuerda la absorbía.

A cada lado del dios se hallaba una espada. La primera, una hoja flamígera de brillante metal cuya empuñadura imitaba las fauces de un dragón. La segunda, un filo negro, robado eras atrás.

Al escuchar los pasos, Emón detuvo momentáneamente su ritual y se giró. Sus ojos blancos se posaron en cada uno de los recién llegados, estudiándolos con curiosidad. Finalmente se posaron en Shura. El rostro del hombre, hasta entonces estoico pudo formar una suave sonrisa.

Emón bajó las escaleras de la tarima y se acercó al grupo de jóvenes, deteniéndose a dos metros de ellos.

—Hola, Shura —saludó. Su voz era cercana, amable. No había ninguna mentira, realmente daba la bienvenida a un ser querido. Sin embargo, la pena ponzoñaba su tono, sabiendo bien lo que estaba por venir.

—Papá... —respondió Shura. Se había imaginado ese reencuentro muchas veces, pero no supo qué decir.

—Has crecido, mi niña. Puedo verlo en tus ojos. También veo que has trazado nuevas amistades —la mirada de Emón se posó en Sver y Tenai—. Perdonad mis modales. Permitidme daros la bienvenida a Mensenktet. Lamento las molestias que mis subordinados hayan podido ocasionaros. Me temo que su labor defensiva era esencial, me esperaba el ataque de más enemigos.

—¡Corta el rollo! —interrumpió Tenai, señalando al rey con su daga— Tus lameculos han intentado matarnos. No finjas ahora ignorancia ni intentes darnos tu retorcido concepto de bienvenida.

Emón la miró durante unos segundos, estudiándola.

—Tenai... ese es tu nombre, ¿no? La indómita nieta de Yunai. Naidia me ha hablado varias veces de ti. Sospecho que fuiste tú quien la derrotó, ¿no? No me extraña entonces que portes esa daga. Hace mucho tiempo que no la veo.

—¡Ni se te ocurra poner el nombre de mi abuelo en tu boca! Y si tanto te interesa esta daga, podrás disfrutar de ella cuando la clave en tu cara.

—Tu osadía es distinta comparada con la última vez que nos vimos. En cualquier caso, puedes quedarte la daga. Fue un regalo, no necesita ser devuelta.

—Señor, tiene que parar el ritual —interrumpió Klair.

—¿Señor? —dijo Emón, alzando una ceja— Te tengo dicho que me tutees. De todos modos, es agradable ver que, tras tu traición, aún despierto en ti una pizca de respeto. Se ve que respetar la intimidad de la mente de mis Tronos no fue un error tan grave como pensaba.

—Por supuesto que le... te respeto. A pesar de todas las atrocidades y tu plan para liberar a los demonios, sigues siendo un rey que ha hecho mucho por Esdria. ¿Por qué echarlo todo a perder ahora? Por favor, para este ritual.

—Klair, sabes que eso no es posible.

—¿Ignora acaso el daño que los demonios pueden hacer? —preguntó Tirié.

EsdriaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora