109. Secuela

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El teletransporte de Shura fue un éxito. Todos reaparecieron en una de las salas del templo ulemo de Oronus. Shura colapsó inmediatamente del esfuerzo psíquico que supuso teletransportarlos a todos, quedando inconsciente al igual que Klair.

A pesar de estar magullados y débiles, los demás se las apañaron para levantarlos y llevarlos a una de las habitaciones para que pudiesen recuperarse. Sin salir de esa habitación, Sver y Tirié activaron sus orbes y empezaron a curar todas las heridas que la adrenalina les había hecho ignorar.

Ahora que estaban a salvo, todo vino de golpe: el cansancio, el dolor y, por encima de todo, saber que habían fallado. Emón había abierto el portal al mundo de los demonios.

—No me creo que hayamos fallado —susurró Tenai.

—Nos recuperaremos y volveremos —dijo Sver.

—¿Cómo puedes decir eso? Emón tiene un ejército de demonios a su disposición. Será imposible acercarse.

—Además, no podemos vencer a Emón. ¿Acaso no viste la facilidad con la que nos derrotó? —añadió Tirié.

—Nos recuperaremos y volveremos —repitió Sver—. ¿Acaso hay alguna otra opción?

—¿Y cómo pretendes hacerlo? Si se puede saber, claro —gritó la sombramante.

—¡No lo sé! ¿Vale? —el orbe de Sver empezó a cambiar de colores de forma irregular— Pero tras todo lo que hemos pasado, ¡me niego a permitir que esto se quedé así! Aún recuerdo cuándo ese demonio te atacó, Tirié. ¡No puedo dejar que algo parecido le pase a más gente!

Lágrimas empezaron a recorrer la cara del chico.

—Sver... —dijo Tirié con un hilo de voz.

Tenai se acercó a su amigo y le abrazó.

—Lo siento —se disculpó—. No debería haber gritado... Lo mejor será esperar a que Shura y Klair se despierten.


La herida aún dolía, pero era innegable que Tirié había hecho un gran trabajo curándole. Efnu podía caminar sin mucha complicación. Era el único de los Tronos de Emón que seguía vivo. Prefirió no pensar en eso mientras subía las escaleras hasta llegar al altar de Mensenktet. Cuando cruzó el umbral, pudo distinguir mejor la escena. Un enorme pilar de luz ascendía hasta romper el cielo. De este brotaban siluetas voladoras que rápidamente se unían a sus hermanos en el cielo, lo suficientemente lejos como para que los detalles de sus figuras fuesen indescifrables. Quizás era lo mejor. No dejaban de ser demonios.

Ante el pilar de luz, aun grabando runas que mantenían abierto el portal estaba Emón.

—Me alegra ver que te estás recuperando, hijo —dijo.

—Jamás pensé que vería tantos demonios —respondió el chico, aún anonadado.

—Cualquier demonio dispuesto a cruzar a nuestro mundo es una criatura tan desagradable como fiera. Por mucho que me asquee emplear sus servicios, son el arma que necesito.

Efnu dudó. Recordó el mensaje que llegó hace apenas unos minutos. El chico se fijó en la corona de su padre. Una de las gemas parecía haber sufrido daño.

—La corona... ¿Qué le ha pasado? —preguntó.

—La sombramante logró acercarse más de lo esperado —respondió simplemente Emón.

—¿Crees que puede reducir las capacidades de la corona?

—Ciertamente, pero ese no es un problema significativo.

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