115. Epílogo

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El demonio se escurría entre los árboles. Estaba herido, su cuerpo sangraba. Todo estaba borroso, las emociones incluidas. La única cosa clara era una sensación de traición. Unos días atrás, los suyos gozaban destruyendo ceniza tal y como el dragón blanco les había prometido, pero, sin previo aviso, se vio obligado a derramar la sangre de los otros demonios.

Jamás deberían haber pactado con el monstruo tronador. Alguien que se asociaba con ceniza no podría ser nunca de fiar. Y ahora sus perros le perseguían.

El demonio ignoró esas preocupaciones cuando un proyectil casi le golpea. Inmediatamente modificó su dirección, contento de que no le hubiese golpeado, pero habría jurado que ese ataque estaba compuesto de energía demoniaca.

La criatura tropezó y se resbaló, cayendo y golpeándose con árboles hasta acabar en un claro. Mientras se recuperaba, escuchó un chasquido.

El claro se vio rodeado por un muro de llamas blancas. El demonio miró en todas las posibles direcciones, buscando una posible salida. Sus nervios se incrementaron cuando escuchó pasos tras de sí.

Se giró y lo vio. Un humano joven, de ojos dorados, portando una espada a cada lado de la cintura y una en su espalda, que tomó con las dos manos, desenfundándola. Era una larga hoja flamígera blanca, su empuñadura decorada con la semejanza de un dragón. El chico izó la espada y un trueno brotó de ella, cayendo sobre el demonio y destruyéndolo.

Las llamas se disiparon y Klair aterrizó en el claro.

—Para ser un solo demonio, nos ha dado demasiados problemas —dijo.

—Nadie dijo que esto fuese a ser fácil —replicó Efnu.

—Lo sé, pero solo han pasado unos días desde que... Emón cayó al otro lado. Sé que es duro para ti. ¿Realmente estás seguro de que es buena idea ponerte a perseguir demonios?

—Lo último que mi padre hizo fue asegurarse de que la mayoría de los demonios muriesen. Ahora que no está... sus responsabilidades recaen en Shura y en mí. Eso incluye exterminar las alimañas que siguen vivas. Ahora vamos, aún quedan algunos avistamientos en la zona. Si acabamos pronto, quizás podamos cenar con los otros.

—Espero que les vaya bien.

—Lo dices como si lo contrario fuese posible.


—En fin, que me alegro mucho de que recibieses mi carta, Sediolde —dijo Shura, mirando al pequeño espejo mágico.

—¡Imagínate mi susto cuando recibí un paquete con el sello del palacio! ¡No supe qué pensar! —respondió la voz del anciano desde el otro lado del espejo.

—Lamento el susto, pero dada la situación actual me es imposible ir hasta el pueblo. Aun así, quería asegurarme de que la crisis demoniaca no os habría afectado.

—Y por eso has enviado este espejo mágico. La verdad es que no sabía que se podían hacer tan pequeños ahora. En cualquier caso, no. Los demonios no nos atacaron. De hecho, tardamos varios días en oír hablar de lo ocurrido. Es como si los demonios hubiesen evitado la provincia.

—Sí... puede ser.

—De todos modos, espero eso no sea excusa para que no vengas a visitarnos. ¡Recuerda que esa casa sigue siendo tuya! Tampoco creo que podamos expropiar a la nueva reina.

—No digas eso, por favor. Me gustaría que hubiese un lugar en Oronus en el que simplemente sea Shura. A parte, comparto el trono con mi hermano, recuerda.

—Descuida. Nadie más está al tanto de tu peculiar linaje. Lo único que saben es que tengo una carta tuya y los niños ya están emocionados.

Shura sonrió. Sin embargo, el susurro de las cortinas abriéndose reclamó su atención.

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