El raudo torbellino de los gritos

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A pesar de que el cuerpo de Matoi Ryūko no se había movido de su lugar, su mente si viajó en un mar de pensamientos que la mantuvieron atrapada y alejada de la realidad. La mayoría de ellos era muy confusos para descifrar el profundo secreto que había detrás. Voces e imágenes se retorcían como un huracán que atormentaban el corazón y la mente de la joven; sin forma o estructura, Ryūko no podía distinguir aquello que las palabras y las soflamas deseaban comunicarle, y de muchas de estas, no estaba muy segura de recordarlas o haberlas vivido. Cada idea clara que llegaba de forma repentina a su pensamiento, era rápidamente trasfiguraba a sonidos incomprensibles, acallados por el frio y malvado discurso de Ragyō.

¿Era de verdad hija de Kiryūin Ragyō? ¿Esa mujer... era la esposa que su padre mantenía oculta y la madre por la que tanto estuvo preguntando?

Ryūko trató de forzar su pensamiento para encontrar una coherencia en las constantes voces en su cabeza que asemejaban a un enjambre de abejas. Pudo lograr distinguir la voz de su padre, de Kiryūin Ragyō, Kiryūin Satsuki, Harime Nui, Kinagase Kinue e incluso la de sus amigos Kaneo y Mako. Todas hablaban al mismo tiempo, haciendo casi imposible captar una completa oración.

La chica usó toda su fuerza de concentración para poder enfocarse solamente en la voz perteneciente su padre, Matoi Isshin (que al parecer no era su verdadero nombre):

–¿Tu madre? –recordó que le había preguntado hacía tantos años que casi lo había olvidado –. Ella no está con nosotros. Y nada va a cambiar eso.

¡Pero ella no estaba muerta! ¡¿Por qué le había hecho creer lo contrario?! ¡¿Por qué era necesaria la mentira!?

Si su padre le había mentido en algo tan simple como el paradero de su madre, era factible que le hubiera mentido en todo lo demás: su pasado, sus recuerdos, su vida, inclusive en su propio nombre.

¿Mi nombre es realmente Ryūko?

Para chica del mechón rojo era como si su vida fuera un catillo de cartas que se desmoronaba tan fácilmente por la falsedad en las palabras de su progenitor. Sōichirō (como lo había llamado Ragyō) le había ocasionado tanto dolor con su contante rechazo e indiferencia, y por la mente de Ryūko, nunca se figuró que esa traición pudiera llegar más lejos. Pero estaba equivocada.

–Sōichirō te mintió Ryūko –la voz de Ragyō se volvió más fuerte en su cabeza que superó fácilmente a las demás –. Tu padre te mintió toda tu vida. Él te alejo de mí y de tus hermanas.

Y por el otro lado estaba Ragyō.

¿Era ella realmente su madre? Aquella por la que llegó a llorar en algún momento de su niñez.

No era precisamente como se la imaginaba; no había nada adorable o cariñoso en su ser y personalidad, que delatara que fuera una buena madre. Muy diferente a aura que generaba la señora Mankanshoku.

–¿Te gustaría haberla conocido? –recordó que le había preguntado Kinue una mañana en su pequeño departamento.

Y que había contestado ella a esa pregunta...

Después de la desilusión que había tenido con su padre, Ryūko había desistido del sueño de conocer a su madre y en ese momento en que finalmente la había encontrado, no tenía palabras para describirlo (y no de buena manera).

Definitivamente sus padres el uno para el otro.

Tal vez las acusaciones de Ragyō eran ciertas y Sōichirō había sido terrible en su deber de padre, y la había alejado despiadadamente de su familia; pero ella tampoco era una santa. Kiryūin Ragyō nunca buscó a Ryūko, no se esforzó por encontrarla o tal vez nunca quiso hacerlo.

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