En un universo alterno en que no existen las fibras vivas, Ryuko y Satsuki fueron separadas de niñas. Con el cumpleaños dieciocho de Satsiki se revela el mayor secreto que su madre le ha ocultado por años y descubre que la persona que más la detesta...
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El pequeño conejo Senketsu se encontraba algo alterado con todo el ruido de la música y la gente que se encontraba celebrando la fiesta en el jardín. Lo que más deseaba el conejito negro y carmesí en ese momento eran las caricias de su dueña para consolarlo, pero ella no estaba disponible; lo habían dejado encerrado en la habitación, completamente solo y triste.
Ha como pasaban las horas, algo más comenzó a atormentar a Senketsu y eso resultó ser el hambre. Ryūko ya había previsto esto, y para ello una sirvienta había sido instruida para alimentarlo durante la noche. Pero lo que también debió haber prevenido la chica del mechón rojo era la determinación de su pequeña mascota, ya que Senketsu aprovechó un momento de descuido de la empelada para escaparte por la puerta de la habitación abierta.
Libre y con el propósito de encontrar a Ryūko, Senketsu recorrió el pasillo del segundo piso a brinquitos. Lo que conejo no sabía, fue que era vigilado de cerca y detenidamente por los intensos ojos azulados de Junketsu. El felino despiadado se encontraba sobre una de las mesitas decorativas del corredor y cuando Senketsu pasó justo debajo de él, le saltó encima esperando atraparlo finalmente.
Senketsu alcanzó a escapar de las garras mortales del gato peludo por centímetros, y en completo pánico, huyó a toda velocidad por la escalera hasta el lobby de la mansión y de ahí al jardín donde se llevaba a cabo la fiesta, siendo seguido de cerca por Junketsu.
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Ryūko, fastidiada hasta los huesos, aprovechó un momento en que todos los invitados y las cámaras se encontraban enfocados solo en Ragyō para escurrirse por parte trasera de la carpa hacia un ambiente más tranquilo. La fiesta ya llevaba un par de horas y la pobre chica del mechón rojo ya estaba harta de la gente, la música, los zapatos y toda la falsa cordialidad. Para alguien tan solitaria como ella, tal multitud la hacía sentir que se ahogaba y necesitaba aire fresco de inmediato.
Trató de caminar por el pasto recién cortado, pero los tacones de sus zapatos se clavaban en el suelo haciéndola soltar varios gruñidos en frustración; aún así continuó su paseo por el jardín, ya que ante todo deseaba quedar fuera del alcance de algunas personas, entre ellas Nui. Pero sus pies no soportaron más allá de la primera líneas de los arboles de la arboleda que decoraba parte trasera del jardín.