Satsuki pudo verse a sí misma como la pequeña niña que había sido. Sentada cómodamente junto a la chimenea de la mansión Kiryūin, envuelta en mantas para mantener el calor de su cuerpo que contrarrestaba con el frío del exterior. A su lado un pequeño capullo de edredones protegían a su imooto Ryūko de las inclemencias del clima; ella, dormía plácidamente contra las piernas de Satsuki.
La mayor de las niñas miró a la pequeña con ternura, antes de continuar con su lectura de su rosado libro infantil. Se sentía embriagada de la maravillosa sensación y compañía de su hermana, como un sueño que pudo haber continuado por el resto de sus vidas.
En un abrir y cerrar de ojos, las dos pequeñas había crecido e iban de la mano por el jardín de la escuela primaria recubierto por flores de cerezo que caían desde la copas de los arboles; era el primer día de clases de Ryūko y Satsuki podía sentir la mano de ella temblar mientras la sujetaba con firmeza. Satsuki le correspondió con un leve y cariñoso apretón para tranquilizarla de todos los temores que pudiera estar sintiendo. Satsuki estaba al corriente de la difícil transición que era para Ryūko, quien había permanecido toda su vida dentro las seguras paredes de la mansión. No iba dejarla ni un solo momento, ella la protegería como siempre.
La cuidaría de todo peligro, Satsuki nunca habría dejado que algún brabucón intentara lastimarla. Nadie le robaría el almuerzo o su dinero; no se burlaría de Ryūko por que se habría enfrentado a la ira de Satsuki. Así habría sido toda la primaria, hasta la secundaría.
Nunca se habrían alejado la una de la otra. Siempre compartiéndolo todo: ropa, útiles, secretos y almuerzos. Siempre apoyándose la una en la otra, lidiando juntas los deberes escolares, los problemas familiares, los amigos e inclusivo algún novio. La transición de la adolescencia no hubiera resultado ser un viaje desagradable con la compañía de la otra.
Ni siquiera la madre de ambas las hubiera afectado. Cada vez que Ragyō hubiera intentado hacer decaer su espíritu, la otra habría estado para consolarla. Rápidamente, las imágenes llevaron a Satsuki a verse nuevamente con la edad que le correspondía, mirando a sus pies todos los logros que había obtenido en su vida en la cima del éxito. A su lado, como lo habría sido toda su vida, estaba Ryūko; mucho mayor de la niña que recordaba, una jovencita muy linda y de mirada dulce e inocente. ¿Conservaría la cabellera larga como la tuvo durante toda su infancia?
Satsuki...
Probablemente aún seguiría siendo Satsuki quien la peinara, por lo cual aún llevaría su soletas como orejas de perrito a los lados...
Satsuki... ¡Satsuki!
No habría más dolor...
–¡Satsuki! ¡Te estoy hablando Satsuki! –finalmente la voz de su padre taladró las intensas imágenes mentales de Satsuki, regresándola de golpe a la realidad.
La luz de la cafetería en donde se encontraban, le quemó la retina por un momento, haciéndola parpadear con intensidad. Los sonidos le parecían estar cubiertos por un extraño filtro que poco a poco iba desapareciendo. Satsuki se dio cuenta que estaba sentada en una de las esponjadas sillas junto a su mesa, su padre (Kiryūin Sōichirō) estaba frente a ella, arrodillado y con sus manos pesadas sobre los hombros de la joven. Levemente la sacudía y la llamaba, tratando de hacerla reaccionar.
–¿Otoosan? –murmuró Satsuki desconcentrada, mirando a su progenitor a los ojos. Todo le parecía una extraña ilusión.
–¿Estás bien? Te perdiste por un momento cuando te hablé de Ryūko –el tono de hombre era lastimero y su mirada estaba llena de preocupación. Con una de sus manos sujetó delicadamente el rostro de su hija y con la otra, acarició suavemente su cabellera negra. Comenzaba a sentirse culpable por las reacciones que estaba provocando en Satsuki; el decirle toda la verdad estaba destrozando su corazón.
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Remembranzas vivas
FanfictionEn un universo alterno en que no existen las fibras vivas, Ryuko y Satsuki fueron separadas de niñas. Con el cumpleaños dieciocho de Satsiki se revela el mayor secreto que su madre le ha ocultado por años y descubre que la persona que más la detesta...
