Voy a la ciudad porque necesito hablar con mi jefe. Mis vacaciones terminan el primero de febrero y mis planes han cambiado. Le digo, de la forma más cordial posible, que renuncio. Mi excusa en parte es real. Estoy cansado de ver cifras en una pantalla durante ocho horas al día. Pero la verdadera razón, es que quiero pasar tiempo con mi hijo. Es el año de Horacio, algo que pasará solo una vez en mi vida.
Con mis ahorros de varios años debo pasarla tranquilo. Si surgen nuevos gastos, puedo pedir un préstamo al banco, vender mis discos de colección. María va a cubrir el gasto de los lienzos y los tubos de óleo. La condición es que ella se va a quedar con todos los cuadros de Horacio. Incluso me habló de una exposición que pensaba hacer el 2016.
Camino de regreso a casa, cargando un par de lienzos nuevos. Encuentro al gato blanco sentado en la misma banca donde, un par de días atrás, intentaba relajarme fumando un cigarro. Lo miro directo a los ojos, esperando que desvíe la mirada en algún momento, pero él responde al juego y se concentra también en mi mirada. Me canso y voy hacia la puerta, él me sigue.
En la mesa del comedor, María está ocupada traduciendo un libro de Derecho Internacional. Cuando ve al gato se alegra. Ayer, cuando nos levantamos de la cama, no lo vimos y nos dio algo de tristeza, porque ambos tuvimos alguna mascota cuando niños y queríamos que nuestro hijo experimentara lo mismo. Le pone leche en un plato, el animal la acepta. Voy a la habitación. Horacio ve los lienzos y abre los ojos de tal forma que yo sé que está emocionado —he aprendido a saber cómo se siente a través de los gestos de su cara—. El gato entra en la habitación. Horacio lo acaricia igual que la última vez, con ternura. Pongo uno de los lienzos en el atril, regreso al comedor.
Tengo una conversación de casi dos horas con María. El tema es nuestra relación; hacemos un recuento de los hechos, de todo lo que pasó entre nosotros y con Horacio. Tratamos de predecir cuál será nuestra situación cuando Horacio no esté. Nos damos cuenta de que todo es impredecible.
Voy a la habitación. Lo que veo me deja inmóvil. Horacio ha pintado una especie de castillo hecho de figuras geométricas de colores. Hay un bebé en el cuadro; junto a él, un gato. Ambos hechos con figuras. El cuerpo del bebé es una especie de elipse horizontal. La cara un círculo. Ambas figuras pintadas de blanco. El gato es de color pardo. Está hecho con una elipse vertical. La cara es un círculo con dos pequeños triángulos encima, como orejas. Hasta le dibujó los bigotes con unas líneas.
—Es la catedral de San Basilio —dice María que entra en la habitación—. En la mañana le mostré un Atlas, él lo estuvo hojeando y se detuvo en las páginas de Rusia. Se quedó viendo la imagen de la catedral por largo rato. Mira, ha dibujado las cúpulas como triángulos. Parece arte cubista, ¿no?
—¿Y el bebé con el gato? ¿Por qué dibujaría algo así? —mientras hago esa pregunta, Horacio se entretiene haciendo nuevas combinaciones en la paleta.
—El bebé parece estar abandonado. ¿Será él mismo? —reflexiona María.
—¿Horacio tiene conciencia de que fue abandonado al nacer? Es extraño, pero viniendo de Horacio, quizás ya no lo es tanto. ¿Y qué me dices del gato?
—Si fuera de color blanco, diría que es su nueva mascota, pero es de color pardo y más grande. Está protegiendo al niño, como si este estuviera a punto de congelarse en Moscú, pero el gato lo evitara. Supongo que, a través de la pintura, quiere decir que le gusta tener una mascota.
Yo empiezo a suponer otras cosas. Con Horacio lo único que se puede tener es eso, teorías.
—¡Horacio! ¿Eres tú? —le digo a mi hijo en voz alta y señalando al bebé de la pintura, pero él no responde.
—¡Horacio! ¿Puedes decir “gato”? —se anima a preguntar María, señalando al animal que se está limpiando el cuerpo con su lengua—. Ga… to… Ga… to… —María insiste, pero no hay respuesta.
—Quizás quiere una pregunta más profunda —le digo a María, en son de broma. —¡Horacio! ¿Para qué nacemos en este mundo? —dice María. Él ladea la cabeza, haciendo un extraño gesto de reflexión.
—Wawawawawa —responde.
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La vida de Horacio
Fiction généraleLa vida de Horacio es la historia de un niño con un ADN especial que nace el primero de enero del 2015. Página oficial: www.lavidadehoracio.com
