Diario de Marco
Después de tiempo, el gato blanco entró por la ventana. Maullaba con insistencia. Pensé que quería comida; abrí la despensa porque recordaba una bolsa con comida para gato. La serví en un plato, pero el animal no tenía hambre. Le serví agua, tampoco la aceptó. Siguió maullando, arrastrando sus patitas sobre la puerta, que terminé abriendo. El gato salió y yo lo seguí, después de asegurar las puertas con llave. Minutos después me di cuenta de que el gato estaba tomando el camino hacia la ciudad. Lo acompañé largo trecho, siempre a unos pasos detrás de él. Tuve que descansar en una banca y él se sentó a mi lado. Luego de unos instantes se puso impaciente y saltó al suelo. Lo seguí. Cruzamos calles, doblamos esquinas, se fue haciendo de noche. Llegamos a una vieja casa. El gato empezó a maullar con fuerza, de nuevo. Otros gatos respondieron al maullido desde el interior de la casa. Una señora de unos sesenta años abrió la puerta. Pelo blanco y corto, regordeta, lentes redondos. Vestía de negro. Cuando vio al gato se emocionó. "¡William!" dijo juntando las manos. "¡Te he buscado por tanto tiempo!" y lo cogió con ternura, abrazándolo, juntando su rostro con la cabeza del animal.
—¿Usted encontró a William? —me preguntó ladeando la cabeza y ajustando sus lentes.
—En verdad, no. Solo lo seguí porque, parecía que quería llevarme a algún lugar —respondí mirando alrededor. Una habitación llena de objetos antiguos. No pude evitar ponerles precios sugeridos en mi cabeza. Una antigua radio a válvulas con caja de madera me pareció interesante, también un reloj de pared alemán de los años veinte. Pero nada me llamó más la atención, que el dibujo de un emperador romano, enmarcado en la pared. La señora miró también hacia él, sin soltar a William.
—Oh. ¿Le llama la atención el Imperio Romano? A mi hijo le gustaba mucho también —dijo con pena—. ¿Desea un té, un vaso con agua?
—Un vaso con agua está bien —respondí, observando en una mesa cercana, un rompecabezas de miles de piezas, con la imagen de las ruinas de un templo antiguo, del que apenas se podían distinguir sus columnas. Los otros gatos seguían a la señora, con sus colas levantadas, maullando. Algunos frotaban su cuerpo contra el de ella.
—Tome asiento, por favor. No sabe cuánto he extrañado a William. Es verdad que a veces desaparecía, pero regresaba al día siguiente. Hasta que desapareció por largo tiempo. Pero no lo culpo de haberse escapado. Pobre animalito, después de todo, mi hijo... —la señora levantó la jarra y sirvió el agua en un vaso, sin completar la frase.
—¿Vive con su hijo? —pregunté, antes de tomar el agua.
—Vivía. El murió hace más de un mes. Mi hijo dibujó al emperador romano, siempre lo dibujaba, cada vez le salía mejor. Esa es la última versión que hizo —la señora sacó un pañuelo porque sus ojos se le fueron humedeciendo—. Usted ha observado el cuadro que dibujó y ahora me pide un vaso con agua. Es curioso, a mi hijo también le gustaba el agua. Es más, le cantaba. Me decía que con su canto, la podía purificar. Pero eso sucedía cuando mi hijo era bueno. Un día se transformó por completo en un niño violento, nunca entendí por qué. Nunca más volvió a purificar el agua con su canto.
Como me quedé observando el rompecabezas, la señora me dijo:
—Es el templo de Saturno, construido por los romanos. El rompecabezas favorito de Rodrigo.
Cuando escuché el nombre, me puse en estado de Mi hijo era un chico muy bueno y cariñoso conmigo. Pero un buen día, se volvió un niño extraño y violento. Ya se lo he dicho ¿no? Es que a veces olvido lo que digo. La nueva mirada de mi hijo, no me gustaba para nada. Una vez cogió a William y lo puso en una bolsa. Lo empezó a patear varias veces, sin compasión. Yo a mi hijo lo llamaba Carlitos, pero cuando empezó a decir sus primeras sílabas, repetía Rod, Rod, Rod, con tanto esfuerzo que le terminé cambiando el nombre a Rodrigo. Fue como una intuición de madre, ¿sabe? Pero era como si Rodrigo fuera otro, no era mi Carlitos. Mi Carlitos nunca le haría eso al gato. Por eso mi William se terminó escapando, se volvió un gato callejero por lo que veo. No sabe cuánto le agradezco venir con él.
—Disculpe si esta pregunta es molesta, pero su hijo... ¿cómo murió? —cuando hice esta pregunta la señora me miró a los ojos un buen rato, contrariada. Luego contempló el dibujo del emperador.
—Cuando cumplió 15 años le quise hacer una fiesta especial. Nos íbamos a ir de camping con Martha, la única que sabía mi secreto... Es algo que no le puedo contar a usted, mi hijo tenía una extraña enfermedad, envejecía rápido, solo eso le diré —Gertrudis hizo una pausa, llevándose el dedo índice a la boca, como si se arrepintiera de haber dado esa información—. En fin, ese día, Rodrigo me dijo: "Me voy mañana". Yo le pregunte "¿A dónde te vas?" pero no me respondió, solo me miraba con su cara de odio. Tenía miedo porque pensé que ya estaba aburrido de vivir en la casa, y además, todo su comportamiento era muy agresivo, ya no sabía qué podía pasar con él. Al día siguiente amaneció muerto en su camita. Eso me quebró el corazón, me caí de rodillas cuando vi su rostro frío, inmóvil. Él había preparado un veneno en un vaso. Mi hijo era muy inteligente, mucho más que cualquier niño de su edad. Y era mi única adoración. Llamé a Martha porque no sabía qué hacer. Ella empezó con los preparativos del entierro. Pero no demoraron en llegar unos señores vestidos de traje y corbata, me dijeron que eran ellos los que habían dejado al niño en mi casa el primer día del año. Que ellos eran los que enviaban mensajes con las palomas. Me hicieron un pequeño interrogatorio. Yo les dije que mi hijo estaba teniendo unas convulsiones seguidas y que le vino una mortal. No era la verdad. Una vez le dio una convulsión por una fiebre muy alta, pero fue algo que duró poco. Yo les dije eso porque no quería contarles que mi hijo se había quitado la vida por decisión propia. Solo cuando lo vi muerto entendí su frase de "Me voy mañana". Ellos se llevaron el cuerpo y me entregaron un cheque. Una "compensación" me dijeron. Era una buena suma, pero no la acepté. No, señor. Pero un momento —la señora me dijo con un repentino semblante de ira y se puso de pie—. ¿Por qué le estoy contando esto a usted, que es un extraño? ¿Usted ha venido a investigarme, no? Seguro es uno de ellos. Váyase, por favor. Váyase. ¡Ahora mismo!
Al ver que no tenía forma de cambiar su humor, me puse de pie y le agradecí por su tiempo.
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La vida de Horacio
General FictionLa vida de Horacio es la historia de un niño con un ADN especial que nace el primero de enero del 2015. Página oficial: www.lavidadehoracio.com
