Día 79

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Diario de Marco

Conectamos con un cable la pantalla de la PC a la televisión, para ver mejor el eclipse. Apagamos las luces de la habitación a las 9:00 GMT. Pequeño Horacio estaba sentado en su colchón, con los brazos rodeando las piernas, cubierto con su frazada, mirándolo todo desde una esquina. Desde la pantalla, la luz del sol alineándose con la luna caía sobre él, de tal forma que algunos trazos de su rostro estaban iluminados y otros en las sombras. Miraba el evento en silencio, igual que nosotros. Podría describir su mirada como inocente, pero conforme pasaban los minutos, la inocencia daba paso a un "darse cuenta". Era la mezcla de una mirada de niño con una mirada de adulto, que tiene que tomar decisiones. Y pensé: Horacio ha esperado 19 años para nacer aquí. Si fracasa en su misión, ¿acaso tendrá que esperar 19 años más? Pero la pregunta más importante siempre es ¿cuál es su misión? A las 9:37 GMT, cuando el eclipse llegó a su apogeo, la mirada de Horacio se mantuvo igual. Seguía sentado en la misma posición, siempre cubierto con su frazada. Pero algo empezó a cambiar en sus ojos, poco a poco. Como si ante ellos empezara un desafío. No iba a aplaudir como en sus primeros cumpleaños. No iba a celebrar con sus sílabas extrañas. El eclipse parecía helarle la sangre como si estuviera a punto de entrar en una batalla ¿pero contra quién? ¿Contra él mismo? De Horacio solo sabemos sus silencios, su tímida forma de pedir ayuda, su aparente fortaleza al vivir para sí, olvidán­dose del resto. Pero el Horacio adulto que nace en él, cubierto por esas franjas de luz y sombra que salen de la pantalla, ¿quién es? Yo diría que recién hoy día empieza la vida de Horacio. Que todos los días que pasaron apenas fueron un calentamiento. Hasta me puse a cuestionar mi propio nacimiento. Si Horacio había esperado 19 años para nacer en el planeta Tierra... ¿yo para qué nací? ¿Acaso era mi destino estar cerca de él? Cuando me hice amigo de Horacio Papá, ¿no estaba siguiendo una secuencia para terminar conociendo a Horacio hijo? Cuando era pequeño y llenaba mi cuarto de papelitos pegados a la pared, con la frase: Marco, ¿estás despierto o estás soñando?, mi vieja pensaba que me había vuelto loco. Recuerdo que una tía le dijo: es que se siente solo porque su padre no está, por eso inventa esos jueguitos. No eran jueguitos para mí, sino experimentos serios para entender la realidad. Pero al final le hice caso al resto, concluyendo que en la vida práctica esos experimentos eran inútiles. No los enseñaban en el colegio, ni siquiera conseguía libros sobre el tema. ¿Para qué podían servir? Terminé dándole la razón al mundo. Ha pasado tantos años de eso, y ahora los tengo muy seguido. He vuelto a ser el niño que cuestiona la realidad. El mundo parecerá el mismo después del eclipse, pero no para pequeño Horacio ni para mí. Cuando el eclipse terminó, Horacio se acostó sin decir palabra. Nadie dijo nada. Estábamos cansados, supongo. Pero por lo menos, en mi caso, algo de recién nacido había en mí cuando salí de la casa.


La vida de HoracioDonde viven las historias. Descúbrelo ahora