Día 107

4.3K 328 10
                                        

Diario de Marco

Cuando abrí la puerta, una mujer rubia de ojos azules me saludó. Calculé que tenía unos treinta años.

—Hola —dijo. 

—Hola —respondí. 

—Sé que te parecerá extraño. Pero quería saber si aquí vivía un niño.

Tuve que pensar un poco antes de responder. La mujer ¿era del grupo de videntes que pueden visitar solo una vez a Horacio? ¿Tenía que ver con el proyecto Sasha? ¿Por qué decía "vivía"? ¿Cómo sabía que Horacio no estaba en casa?

—No te puedo decir eso —resolví decir. Ella me miró a los ojos ladeando la cabeza. Era obvio que quería información, que no iba a detenerse hasta obtenerla.

—Aquí vivía un niño. Uno diferente al resto. La reencarnación de un maestro. ¿Cierto? —preguntó. 

—¿Eres vidente? —dije ya sin pensarlo mucho. Ella ladeó la cabeza hacia el otro lado.

—Sí —respondió. —¿Cómo puedo saber que lo eres? —pregunté. La mujer rio, cruzándose de brazos.

—Para empezar, mi nombre es Isabel.

—Hola, Isabel. Mi nombre es Marco. ¿Por qué dijiste "vivía" y no "vive"? ¿Cómo sabes que...?

—Sí. Era consciente de que mi maestro no estaría aquí —respondió, y yo pensé: ella tiene que ser parte del proyecto Sasha, ella sabe quién es Horacio. Pero si es del proyecto Sasha, ¿por qué viene aquí? Debe querer algo de mí, ¿algún tipo de información? Isabel observó hacia un costado de mi cara, como si pudiera ver mi aura. Después me di cuenta de que en verdad estaba viendo una escena de mi infancia.

—Eres un niño y estás jugando ajedrez... Un pequeño torneo en tu colegio —Isabella siguió observando el espacio al lado de mi cabeza, concentrándose—. Son dos equipos y están empatados. Tú vas a jugar la partida final. Tus amigos te alientan, tú estás algo nervioso, pero has practicado varias veces con tu papá... Veo que el otro niño te ha ganado en pocas jugadas. Los niños del otro equipo se ríen, dicen el nombre de una jugada clásica. Qué tonto, cómo le han hecho...

—Mate al pastor —dije, asintiendo con la cabeza—. Siempre me hacían recordar eso.

—¿Te convenciste ahora?

—Sí, pero... no es suficiente. Esto no es tan sencillo. Mira, están pasando muchas cosas. Mis amigos y yo, no sabemos en quién confiar...

—Está bien, yo puedo regresar mañana. No hay prisa. Necesito información del niño, pero no quiero presionarte. Medítalo y si mañana me ves y no confías en mi, no vuelvo a molestar más —me dio la mano y se retiró, tranquila.

La vida de HoracioDonde viven las historias. Descúbrelo ahora