Día 126

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Diario de Marco

Apenas el tipo se llevó la jaula, activé el GPS que había escondido dentro del tubo atado a la pata de una de las palomas. Lo hice desde mi laptop, con un software especial que venía con el producto, el cual había comprado en una tienda online a precio de remate. Funcionó de maravilla. Cada tres minutos me informaba las coordenadas de la paloma en Google Earth a través de un fichero KML. El colombófilo que me lo vendió tuvo la paciencia de enseñarme a usarlo y confirmar que el dispositivo, de apenas diez gramos, entraría con facilidad en uno de los tubos. La verdad es que llevaba mucho tiempo con la idea de liberar la paloma con el GPS y después de leer el mensaje pidiendo la liberación de todas, supe que era mi última oportunidad.

Durante tres horas estuve pegado a la pantalla viendo el desplazamiento del auto hasta que se quedó en un punto fijo. Había cruzado la ciudad y entrado a una casa de campo. Misterio resuelto. Imaginé que chocaba las palmas de las manos con María y Horacio Papá, que me decían ¡Marco, eres el puto amo! y cosas así. Aunque quizás, cuando se enteren, me digan todo lo contrario. Pero Marco, ¿te has vuelto loco? ¡Cómo pudiste!

Hoy llamé varias veces a la recepción del hotel de Óbninsk, pero me informaron que no había nadie en la habitación. Eso me puso impaciente y sin pensarlo mucho, decidí tomar un taxi rumbo al palomar.

Durante el viaje medité en un plan. Mi idea era ser terco y preguntar por más información sobre la persona que había encargado el trabajo de enviar las palomas con los mensajes. Confirmar si los del palomar estaban conectados con el proyecto Sasha o con el millonario. Cualquier pista, por mínima que sea, podía ser de gran utilidad. La situación en Óbninsk seguía siendo impredecible y desde aquí debería apoyar con cualquier tipo de dato útil. Después de todo, ¿qué era lo peor que podía pasar? El trabajo de los que enviaban las palomas parecía haber terminado una vez que Horacio hijo llegó a Óbninsk.

Toqué la puerta de la casa del palomar. Tenía dos pisos y un techo lleno de jaulas. Un señor viejo, flaco, con barba blanca y que tenía puesto un gorro me atendió. Tenía una actitud muy amable, lo que me tranquilizó, porque lo menos que quería era encontrarme con el hombre que se llevó la jaula. Todavía me sentía culpable de haberlas alimentado tan mal. El señor se llama Tomás y es dueño del palomar. Le dije que estaba muy interesado en aprender sobre la crianza de las palomas mensajeras, que había estudiado mucho el tema y que solo quería una clase introductoria, que luego no volvería más. Al principio, Tomás se mostró reacio. Yo insistía hasta que al fin, escuché la voz de una señora que dijo: "Vamos, Tomás, solo te pide una pequeña clase. ¿No te acuerdas que tú le pediste lo mismo a mi padre y él te enseñó todo lo que sabe?". Un poco a regañadientes, Tomás me dejó pasar y platicamos sobre lo más básico. Tenía miedo de que llegara el otro tipo en cualquier momento y arruinara la conversación porque en verdad, con el transcurso de los minutos, había empezado a pasarla bien.

Después de la conversación, Tomás y su esposa, la señora Ana, se despidieron de mí con una sonrisa sincera. Imagino que les caí bien, porque me dijeron que podían darme un curso y que sería cuestión de acordar un precio módico. Sin duda, iba a llamarlos pronto.


La vida de HoracioDonde viven las historias. Descúbrelo ahora