Día 179

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Diario de Marco

Fui a visitar a Tomás, el criador de palomas mensajeras, llevándole la paloma muerta en una caja. Me dijo que, en efecto, el ave era un ejemplar común en la ciudad que no tenía mayor conexión con los ejemplares de pedigrí que él criaba.

Después de charlar un rato, recordando las clases de crianza de palomas que me había dado, le pregunté —como lo había hecho tantas veces durante las clases—, cuál era el secreto para enviar las palomas a la casa de Horacio Papá, pues hasta donde había entendido, las palomas mensajeras solo son entrenadas para volver a su palomar desde ubicaciones muy lejanas, no para ir hacia lugares específicos. Después de hacer un gesto de negación con la cabeza, terminó por acceder al pedido. Sacó un álbum de fotos y me mostró la imagen de una paloma en una jaula.

El millonario nos mandó este ejemplar de Columba livia, junto a un manual de instrucciones. El ADN de esta paloma no es normal, es dos veces más rápida que cualquiera de mis palomas de campeonato —dijo Tomás, sin poder ocultar la emoción—. El hecho es que dentro de mi palomar tengo una sección para las crías de esta paloma, que fueron las usadas para los mensajes. Tengo instrucciones de devolver esta paloma y sus crías antes de fin de año. En fin, para que estas criaturas hagan su trabajo, basta llevarlas al lugar de destino de los mensajes y darles de comer un grano especial. La paloma reconoce el sabor del grano y sabe que se le está indicando un lugar de destino. Un día yo fui a la casa de su amigo y tiré estos granos en la puerta. Dejé comiendo a las aves y regresé a mi casa. Las palomas regresaron al palomar sin problema y cuando fueron liberadas ya sabían en qué lugar dejar los mensajes. Ninguna paloma tiene tanta inteligencia. ¡Hasta parece que vienen del futuro!

Después de regresar a casa, entré en el bosque para saber si sentía algo extraño al avanzar hacia la casa abandonada. Me sorprendió saber que la interferencia de las veces pasadas había desaparecido. Pero poco a poco, esa sensación se fue convirtiendo en miedo, cuando pensé en la posibilidad de que la misma casa me estuviera atrayendo en una suerte de hipnosis, lista para engullirme apenas me atreviera a abrir sus puertas.


La vida de HoracioDonde viven las historias. Descúbrelo ahora