Día 39

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Un anciano tocó la puerta.

- ¿Ustedes tienen un hijo? -preguntó. María y yo nos miramos a los ojos, sorprendidos.

-Por favor, tengo que verlo. Solo durará unos minutos -insistió.

- ¿Quién es usted? -pregunté.

-Vengo de muy lejos -dijo-. Estuve caminando por días, siguiendo la energía de su hijo. Tomé varios buses. Me alojé en hoteles baratos. Apenas me queda algo de dinero. No tengo mucho tiempo. ¿Me puede dejar ver a su hijo?

Consternados ante esas palabras, lo dejamos entrar. Pequeño Horacio estaba sentado encima de su colchón, observando su reloj de arena. Apenas el anciano lo vio, se arrodilló ante él, juntando sus manos, entrecruzando los dedos. Se puso a llorar, emocionado. Mi hijo le sonreía, en silencio. El anciano se rio, secándose las lágrimas de su cara, sentándose en el suelo. Cerró los ojos. Horacio los cerró también. Se quedaron así un buen rato. Concentrados en una especie de comunicación que me era incomprensible. Cuando el hombre abrió los ojos, hizo una reverencia con la cabeza, en frente de mi hijo. Se puso de pie, caminando hacia la puerta.

- ¿Quién es usted? -preguntó María.

-Solo un hombre agradecido -respondió-. Moriré en estos días, pero logré ver a su hijo. Ahora comprendo tantas cosas. En fin, no tengo nada más que decir.

Yo insistí en preguntarle quién era y para qué había venido. Pero el hombre no me hizo ningún caso y se alejó lentamente.


La vida de HoracioDonde viven las historias. Descúbrelo ahora