Día 194

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Diario de Marco

Los niños se pusieron a caminar rumbo a la casa abandonada. Los seguimos.

—Es parte de su trabajo —me dijo la dibujante—. Vienen a estudiar el terreno. Los niños X vendrán pronto a liberar a X-4 y necesitan información de las energías.

—¿"Pronto" es cuántas semanas?

—Llegarán aquí el día 199.

Dejé de caminar porque la idea me perturbó. Iban a venir justo un día antes de mi decisión final. Tendría que verles la cara después de dar mi respuesta.

—Van a alojarse en la casa de Horacio Papá, y en la mía, supongo —dije retomando el paso.

—Sí. Además, según la información que trajo Román, tienes que responder, en frente de ellos, si aceptas o no la misión de...

—Eso es demasiada presión.

—Es una muestra de respeto por el trabajo que los niños X vinieron a hacer. Por lo menos es lo que dijo Román. Es un protocolo que vino de arriba.

—Me van a odiar si digo que no.

—No lo creo, quizás ya saben tu respuesta.

—Yo mismo no sé la respuesta.

Mientras más cerca estábamos de la casa, más sudaba. No solo por la decisión que debía tomar en pocos días, sino porque todavía tengo, frescas en mi memoria, las imágenes de la muerte de William. Me sentí responsable del niño y la niña: estaban entrando en terreno peligroso. Le dije esto a la dibujante.

—No te preocupes, no van a entrar en la casa —replicó, intentando calmarme. Los niños rodeaban la casa con tranquilidad, con el aire de quien hace una inspección de rutina.

—¿Cómo van a ayudar a los niños X, con información del terreno, si no pueden hablar?

—Sabes bien que los niños X no necesitan palabras para comunicarse. Menos con estos niños.

La dibujante y yo nos sentamos en el pasto, viendo al niño y la niña que seguían inspeccionando los alrededores de la casa. No sentí ninguna energía negativa, incluso llegué a pensar que Nimrod ya no estaba allí.

—Que todo esté tranquilo no significa que se hayan ido —dijo la dibujante leyendo mis pensamientos.

—¿Tú tienes alguna habilidad especial?

—Pregunté mientras cogía unas piedritas y las tiraba a cualquier parte.

—Soy una buena madre para niños como ellos —respondió sin perder de vista al niño y la niña.

—Sí eres buena madre deberías ponerles nombres. No inspiras mucha ternura llamándolos niño y niña.

—He querido ponerles nombres, claro que sí. Le he preguntado al niño, ¿te gustaría llamarte José? y se mantiene inalterable. ¿Te gustaría llamarte Francisco? y nada. Lo mismo pasa con la niña. Pero algún día se me ocurrirá un nombre para cada uno y les preguntaré si les gusta, entonces me dirán que sí, y así los llamaré desde ese día en adelante. Estoy segura de que ellos están esperando que encuentre sus nombres.

Los niños sin nombre tomaron el camino de regreso y los seguimos. En mi cabeza, imaginé cómo llamarlos, pero ninguna de las opciones me convenció.

—He estado pensando en la secuencia 44, 55, 66, 55... —dijo la dibujante—. Quizás la respuesta está en alguien que haya muerto en el año 1944.

Investigamos en internet. Antoine de Saint-Exupéry había muerto ese año.


La vida de HoracioDonde viven las historias. Descúbrelo ahora