Día 44

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Un señor de unos cincuenta años tocó la puerta.

—Disculpe, ¿usted tiene un hijo?

—Sí —contesté.

—Sé que le parecerá extraño, pero necesito verlo, solo unos instantes.

— ¿Por qué? —dije—. Tiene que darme una buena razón. Para empezar, dígame su nombre.

—Antonio —dijo y nos dimos un apretón de manos—. Le puedo hacer una pregunta: ¿Ha venido alguien antes que yo, a ver a su hijo? Me refiero a alguien desconocido.

—Sí —dije.

— ¿Cómo era?

—Un anciano de pelo corto y blanco. Tez pálida. Le calculo unos ochenta años. Vestía una camisa celeste. Pantalón blanco. Mocasines. Me dio la impresión de ser un turista.

—Vaya. No sé quién es. Pero es interesante saber que soy el segundo.

— ¿Usted sabe por qué vino ese anciano a mi casa a ver a mi hijo?

—Probablemente por la misma razón que yo. Debe ser un vidente también, o algo parecido. Y aparte de eso, debió contactar con el espíritu de su hijo, antes de que naciera aquí.

— ¿Cómo es eso?

—Disculpe que le conteste con otra pregunta. ¿Cómo se llama su hijo?

—Horacio, igual que yo.

—Horacio. Vaya. Pues trataré de ponerlo de la forma más simple. Cuando uno es vidente, tiene un maestro que lo guía, un espíritu que está en otra dimensión. A mi maestro, yo lo llamaba Erkin. Me comunicaba mensajes, difíciles de explicar. Eran más como colores y sonidos transmitidos de forma telepática. Erkin me comunicó que encarnaría en un ser humano. Que hacería en enero del 2015, y que yo podría detectar su energía. He venido buscándola desde hace semanas. Y aquí estoy.

Quería terminar con las dudas. Lo dejé entrar. Vio a Horacio. Se emocionó de una forma más tranquila que el anciano. Algo se notaba en sus ojos, pero no era demasiado expresivo. Se sentó sobre sus piernas dobladas. Cerró los ojos. Horacio también lo hizo. Se quedaron así largo rato. Se despidió de Horacio con una reverencia, salió de la habitación.

—Antonio, me va a disculpar, pero necesito saber qué es lo que pasó. ¿Podemos conversar un rato?

—Supongo que sí. Aunque estoy desgastado ahora —dijo, mientras se sentaba en el comedor.

— ¿Qué paso allí? ¿Se comunicaron?

—Sí. Nos comunicamos. Es impresionante. La misma comunicación telepática que teníamos antes de que él naciera en un cuerpo humano.

— ¿Qué cosas se dicen?

—Eso está difícil. Es más una energía. No es lenguaje. Horacio, su hijo, tiene sentidos despiertos que la mayoría tenemos dormidos. Se comunica de otra forma. Cuando yo cierro los ojos y él cierra sus ojos, nos conectamos a un lugar más allá de este mundo. El tiempo no existe. Usted también podría tener esa conexión con su hijo, si lo intenta.

— ¿Para qué nació mi hijo?

—Debe tener varias misiones, imagino. Una de ellas si se la puedo confirmar. Ha venido a encontrarse con muchas personas con las que se conectaba antes de nacer. Van a llegar más personas a su casa, buscando energía. Antes de nacer, su hijo era nuestro maestro.

— ¿Hay más como él?

—No me extrañaría. Sabe una cosa, los videntes estamos muy emocionados porque hemos estado recibiendo mensajes. Muchos. Y uno de ellos es que nuestros propios maestros iban a encarnar en cuerpos humanos. Así que, es muy probable que otros seres como Horacio ya estén aquí.

Entonces le conté sobre las palomas mensajeras, los mensajes y Óbninsk. Pero él no supo darme una explicación.

—Es muy extraño —dijo—. Sobre eso no podría responderle. En verdad, sé que solo debo ver una vez a su hijo. No puedo intervenir en su misión actual. Es algo que me dijo antes de nacer aquí: Solo nos encontraremos una vez.

—Puedes venir de nuevo, Antonio, nos gustaría...

—No, por favor, señor Horacio. Mire, se imagina si todos los que venimos a comunicarnos con su hijo, venimos una segunda, tercera o cuarta vez. Eso terminaría en una religión, y esa no es la misión de su hijo. Por eso sabemos que solo podemos verlo una vez. Me rogó que lo dejara ir, porque estaba exhausto. Cuando quise hacerle más preguntas, me dijo que ya no podía contestarlas.

Celebramos el cumpleaños número once de Horacio en la noche, cuando María llegó de una reunión y Marco de visitar su tienda de antigüedades. Pusimos las velas correspondientes en la torta, pero él las quitó y puso su número ocho.

Marco le regaló un reloj de arena del siglo XIX con el que mi hijo se quedó fascinado.


La vida de HoracioDonde viven las historias. Descúbrelo ahora