Día 26

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Diario de María

En la mañana, estaba traduciendo un libro sobre administración, cuando vi a Horacio salir gateando de su cuarto, mirándome. Esto fue muy emotivo, porque era la primera vez que acudía hacia mí. Me levanté de inmediato, lo cargué entre mis brazos y le pregunté cómo estaba. No dijo nada, pero recostó su cabeza en mi hombro y me abrazó fuerte. Eso fue muy reconfortante, porque un lenguaje sensorial había aparecido entre los dos. Ese abrazo significó muchas cosas. Que me reconocía como madre, que me necesitaba, que sin palabras puede conectarse conmigo. Recuerdo bien los primeros días, cantándole canciones de cuna, abrazándolo una y otra vez. Viéndolo sonreír. Luego fue creciendo tan rápido. Ya no respondía a mis canciones, se aislaba en sus dibujos y en las noticias. Ahora venía hacia mí por voluntad propia. Todo esto era alegre y triste a la vez. Disfruté ese abrazo, disfruté verlo gateando hacia mí. Pero también sé que en cuestión de días, ya no podré cargarlo; que apenas he disfrutado su etapa de recién nacido. Mi libro comprado solo hace unas semanas, sobre cómo criar a un bebé, ¡me ha durado tan poco! Es tan injusto. Debería existir un libro que enseñe a criar niños que van a vivir toda su vida en un año. Tuve la sensación de que tenía que aferrarme a ese abrazo. Hacer que la energía del momento fluyera sin parar. Llamé a Horacio Papá —que había ido a visitar a uno de sus hermanos— y le dije que iba a ir a la ciudad con nuestro hijo. Me pidió que lo mantuviera informado de todo. Puse a Horacio en la silla de ruedas, cogí las llaves de la casa y cuando cruzamos la puerta él se puso muy contento, levantando los brazos y diciendo eufórico: ¡Wa!

Tomamos un taxi. Él se recostó sobre mis piernas. Estaba emocionado con los semáforos, los señalaba cada vez que pasábamos cerca de uno. En la ciudad paseamos por las aceras. Le llamaba la atención las vitrinas con pantallas de televisión, prendidas en varios canales a la vez. En un momento pasó una mujer que llevaba a su bebé en un carrito amarillo. ¿Fue envidia lo que sentí en ese momento? Pensé en todos los años que tendría para estar con su hijo.

Luego pensé en Horacio dibujando prismas y pinturas cubistas. ¿No era acaso también un orgullo ser la madre de ese ser tan brillante? Seguíamos paseando y una madre llevaba de la mano a un niño casi de la misma edad de Horacio. Tenía tantas ganas de saber si en alguna parte del mundo había otra madre cuidando a un niño como el mío. Le preguntaría ¿también le gusta dibujar figuras geométricas? ¿Le gusta ver la televisión todo el día? ¿Intercambiamos consejos? Me culpaba de cosas que pude haber hecho mejor. Quizás pude haber sido más insistente con mi hijo para que aprenda a caminar o a decir palabras. Otra mujer, en mi lugar, ¿lo habría logrado? Traté de pacificarme conmigo misma. Olvidar todo ese alboroto de posibilidades.

Seguimos paseando. En un mercado escogió más uvas, solo uvas, porque parece que no le gustaron los duraznos. Nos sentamos en un parque. Le dimos granos de maíz a las palomas que se acercaban en gran cantidad. Pensé en la paloma mensajera, en su último mensaje. Decidí no pensar en eso, porque otro mensaje más…

En el taxi de vuelta estaba feliz, haciéndole preguntas a Horacio y riéndome con sus sílabas desconocidas mientras comíamos uvas. De alguna forma, había conseguido no pensar en el tiempo.

La vida de HoracioDonde viven las historias. Descúbrelo ahora