Diario de Marco
Estuve en la casa solo todo el día y la sensación de no estar con María, Horacio Papá y Horacio hijo me produjo un sentimiento extraño de normalidad. En la mañana compré el periódico, me preparé un café, hice zapping en la tele y alimenté a las palomas. En la tarde salí a correr. En la noche me puse a leer una novela de misterio. Pero conforme iban pasando las horas de esta normalidad, más incómodo me sentía. Habíamos cruzado la frontera de los cien días y los niños X estaban en Óbninsk, esperando instrucciones. Y yo había logrado hacer contacto con un maestro que me citaba en el último piso del Burj Khalifa. Un maestro que estaba listo para enseñarme los secretos del universo. ¿A cambio de qué? Su energía me afectaba, no era armoniosa. Si X-4 es el maestro malo, ¿dónde está el bueno? Debería seguir buscando sueños lúcidos, seguirme entrenando en busca de respuestas. Por eso decidí meditar. Respiraciones profundas, cada vez más lentas, hasta llegar al estado Alfa, según lo había leído en un libro sobre control de la mente, una veintena de años atrás. Me tomó su tiempo, pero logré encontrarme en ese estado de relajación. Por alguna razón, decidí buscar el Burj Khalifa. Algo me decía que iba a ser una experiencia diferente dentro de una meditación. No pude replicar la sensación de volar de un sueño lúcido. Me vi a mí mismo volando, que es diferente. Pero la mente iba haciendo su trabajo y poco a poco se iban formando las cosas, la ciudad debajo de mí, el Burj Khalifa a lo lejos. Entré en la ventana del último piso. El lugar estaba vacío. Traté de recrear la silla lujosa que vi en el último sueño lúcido. Lo fui logrando. El emperador romano entró por la puerta. La imagen era un poco difusa, pero se iba volviendo real mientras más lentas eran mis respiraciones.
—Fue una insolencia lo último que hiciste —dijo el emperador, tomando vino de su copa de oro.
—Tu energía no era nada buena en ese sueño lúcido. Sentí que me ibas a hacer caer en una trampa. Por eso me salí —respondí.
—Y ahora has venido a aceptar mi ofrecimiento.
Mi meditación era más profunda con los minutos. Aunque a veces sentía que yo mismo estaba manipulando lo que pasaba.
—¿De qué se trata? —pregunté, con la tranquilidad de saber que en la meditación, podría abrir mis ojos en cualquier momento, y que además, la energía del emperador no era tan agresiva.
—Hay otros grupos, haciendo experimentos genéticos. Necesito que te contactes con ellos, que seas mi representante en la tierra. Ellos necesitan cierta información que les puedo entregar. ¿No quieres probar este vino? —me alcanzó la copa, yo la recibí, pero la dejé en el suelo.
—Otra vez despreciándome. Eres como aquellos que acaban de destruir la ciudad que lleva mi nombre —dijo el emperador, que empezó a cambiar su rostro por otros, a gran velocidad.
—¿Cuál es esa ciudad? —pregunté.
La meditación estaba en un nivel tan profundo, que ya me sentía como en un sueño lúcido. Los cambios de rostros de mi interlocutor habían terminado en uno de ojos grandes y cejas angulosas, que inspiraba temor y un poder despiadado. Tenía una barba negra y larga.
—Nimrod —dijo X-4 con una voz cavernosa—. Cuando nací en un cuerpo humano, apenas pude decir la sílaba Rod y la dije tantas veces que mis estúpidos padres humanos me pusieron Rodrigo. Odié ese cuerpo y la supuesta misión a la que estaba destinado. Ya no necesito usar más ese nombre.
X-4 tomó la copa de vino. Me miró haciendo un sonido con la garganta, que parecía un rugido a punto de salir. Acercó su mano al costado de mi rostro y dio un chasquido con los dedos, haciéndome abrir los ojos.
—Nimrod —me dije a mí mismo, para no olvidar el nombre.
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La vida de Horacio
Fiksi UmumLa vida de Horacio es la historia de un niño con un ADN especial que nace el primero de enero del 2015. Página oficial: www.lavidadehoracio.com
